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MIRANDO POR EL RETROVISOR

Bajo una “anestesia social” permanente

Lea amigo lector estos títulos de noticias: “Intensas lluvias causan estragos en el país”, “Suben plátanos, huevos y habichuelas”, “Afirman RD es muy tolerante con inmigración haitiana”, “Senado aprueba proyecto reforma Ley Electoral”, “Empresas se comprometen a resolver crisis energética”, “Choferes incrementarán precios de pasajes”, “Gobierno adopta nuevo plan de austeridad”, “Violencia contra mujer preocupa a feministas”, “Agentes especiales vigilarán calles para disminuir criminalidad”, “Senadores y juristas respaldan instaurar cadena perpetua”.

Todos esos títulos están en periódicos de hace 20, 25 y 30 años que tomé al azar en el archivo de Listín Diario, pero bien podrían corresponder a una edición reciente y hasta de la fecha de cualquier medio impreso o digital.

Muestran sin dudas como males del país se han mantenido sin solución, con escasos cambios, sin importar el partido que haya estado en el poder a lo largo de las últimas décadas.

Revisé esos diarios el pasado miércoles a raíz de los hechos violentos ocurridos en los últimos 15 días y que han “consternado al país”, simplemente para constatar cómo estamos sometidos a una especie de “anestesia social”, sin perspectivas de que pasen sus efectos que deberían ser temporales.

Como sabemos, la anestesia es un recurso médico que evita que los pacientes sientan dolor durante procedimientos, como una cirugía, estudios para diagnósticos, extracción de muestras de tejido y en tratamientos dentales.

Aunque la anestesia nos libra de sentir dolor, su función es temporal y necesitamos que luego sus efectos pasen, como parte del plan que ha sido trazado para restablecer la salud del paciente.

En los hechos recientes de violencia, solo hay que fijarse como la atención de la población fluctuó en pocos días entre el hallazgo de los cadáveres de una pareja en la comunidad La Guáyiga de Los Alcarrizos, el niño que cayó abatido por un disparo en medio de la celebración del carnaval en Santiago y la muerte hasta ahora confusa de una adolescente en Higüey que salió a divertirse con su profesor y otras amigas.

Como solemos decir en el argot periodístico “un caso mata el otro” y así seguimos en una indetenible cadena de sucesos que deploramos y nos indignan en el momento como sociedad, al igual que otros tantos males que parecen eternizarse en el tiempo.

Precisamente, el editorial de este sábado 18 de febrero de Listín Diario, titulado “La institucionalidad herida”, plantea un tema en el que he estado insistiendo desde hace tiempo: la deuda social con la institucionalidad del país tan necesaria para superar males ancestrales.

La falta de institucionalidad, entendida como la incapacidad de las entidades públicas y privadas para cumplir cabalmente sus responsabilidades legales y sociales, es casi epidémica, plantea la nota editorial.

Y pienso que alcanza la categoría de epidemia porque la sociedad tolera -anestesiada sin pausa- la actitud indiferente de políticos que tradicionalmente se han beneficiado del desorden institucional.

La aplazada institucionalidad del país –como candidatos presidenciales algunos han incluso apelado cínicamente a la más drástica consigna de la necesidad de “refundar el Estado”- seguirá socavando los anhelos de desarrollo político, social y económico que tanto anhelamos como nación.

Todos los políticos que han accedido al poder en los últimos 60 años –sin excepción- como candidatos se jactaron de tener soluciones puntuales a cada uno de los males expuestos en el párrafo inicial de este artículo.

Y como presidentes, no solo han fracasado, sino que conscientemente mantienen a la sociedad bajo los efectos de una anestesia que solo debería servir para mitigar un dolor momentáneo.

La anestesia no cura, solo es la vía para un procedimiento doloroso, pero necesario. Igual pasa con la institucionalidad del país, un proceso que se requiere afrontar, sin importar el dolor que en el camino pueda generar.

Mientras no lo entendamos, es probable que veamos, sin dudas, a los periódicos de este tiempo reflejar también la realidad de los próximos 25 o 30 años.

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