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Caamaño entró por Caracoles

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Federico A. Jovine RijoSanto Domingo

Hace 50 años, el coronel Francisco A. Camaño Deñó junto a ocho combatientes entró por Caracoles. Su plan era simple -demasiado quizás-, crear un frente guerrillero en la Cordillera Central, concitar el apoyo campesino de la zona, movilizar las bases urbanas y dar al traste con el gobierno de Joaquín Balaguer. En definitiva, foquismo puro y duro, solo que el foquismo había sido quebrado en La Higuera, Bolivia, cinco años antes, con la muerte del Ché. Aun así, continuará siendo un misterio saber qué impulsó al Coronel de Abril a realizar un intento guerrillero en el que todas las variables indicadas en los manuales estaban en su contra.

Al poner su bota sobre la blanca arena de Caracoles, todo el destino de la expedición ya estaba establecido de antemano. No solo no habían condiciones políticas ni sociales que permitiesen soportar una empresa guerrillera, sino que con la muerte de Amaury y Los Palmeros, un año antes, había sido destrozada la posibilidad de contar con una infraestructura urbana operativa; los servicios de inteligencia del gobierno, apoyados y entrenados por la CIA, habían desmantelado toda la red de soporte; y, por demás, seis meses antes del desembarco, había sido creado el batallón de cazadores en Constanza, que finalizó su entrenamiento en diciembre de 1972, dos meses antes de la guerrilla… ¡Qué casualidad!

Con los años, más testimonios salen a flote: el año era 1970 -con más de 50 guerrilleros-, pero diversas razones hicieron que fuera 1973, con apenas ocho. ¿Quién falló?, ¿el pueblo?, ¿las bases urbanas?, ¿Amaury?, ¿los partidos de izquierda?, ¿Bosch o Peña Gómez?, ¿sus mensajeros previos?, ¿los cubanos? No es hora de buscar culpables, no creo que los haya. La política de distensión de Brézhnev de cara a SALT exigía el cese de cualquier hostilidad provocadora, sobre todo en el patio de EUA, y Fidel entendió el mensaje de Praga en aquella primavera en la que la realpolitik se hizo sentir presente. Las circunstancias habían cambiado, el tablero del gran juego se había reordenado y todos lo entendieron, menos Caamaño y sus leales incondicionales.

El hombre que una tarde de abril se convirtió en Patria no era un hombre de teorías, sino de acción y compromiso. La muerte sacrificial de Amaury fue el catalizador que aceleró el proceso que había comenzado en Ciudad Nueva y terminó nueve años después en Valle Nuevo.

En lo que nuevos testimonios y documentos aclaran las dudas, siempre persistirá la duda de qué hubiera pasado de no haber sido Caamaño fusilado aquella tarde… y aún no tenemos respuestas.

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