Es que me encontré con el Maestro Cestero

Estuve en la ciudad colonial, que sobrevive y canjea postales, aguas turbias en la dársena del río, los turistas en una víspera taciturna escuchan al guía, toda la gloria se hizo con arcilla y telarañas y enconos sombríos. En la cinco veces, centenaria, los turistas en una víspera de lloviznas escuchan al guía, que a duras penas, articula sonidos intercambiables.

En pantalones cortos y dibujos en la piel tostada, grafitis insignificantes, ellos abordan un tren diminuto, como de juguete, que los lleva a conocer el entorno. La noticia más importante que alguna vez fue el hundimiento del Hotel Francés, hollaron tanto la tierra acuosa, como si buscaran el Arca de Noé, encallada en el Monte Ararat, en la calle de “Las Mercedes” con Arzobispo Meriño. Hoy es de nuevo diseño novísimo.

No depararon en la artificiosa arquitectura de los ancestros. Toda la ciudad pequeña se hizo con arcilla y telarañas y enconos sombríos. En ella, los poetas, relatores del alba, sucumbieron a la espada oxidada, a la emboscada del ego, a los manuscritos de la “Real Audiencia”.

Una noche de museos, los aedas de ahora se sentaron en el trono del augusto Tribunal de 500 años, no dictaron sentencias, les cantaron al amor, que no tiene dispensas, y de súbito, el mar y la luna llena entraron en los ojos de una muchacha, que era un confín ciego de ternura y apostasía del tiempo ido. Un poco más allá, borrascoso, abismado en un balbuceo de navíos y arboledas, con una estrella tibia entre sus manos, el pintor de la ciudad, que se llama Cestero ahora es casi una llama tibia en su mansedumbre creadora de bellezas, desandaba entre sortilegios y libélulas, gestando dibujos y almendros, asediando una aurora de lápices de colores que acampó en su niñez, creando de nuevo la Catedral Primada, sin mano de obra esclava, sin dictamines oficiosos, sin plazos conminatorios, sin la bola de cañón que el pirata Drake le embarazó en sus costados.

Pintándola como un alígero amor amanecido, a trazos precisos, con un brillo solar sobre el caballete de ciguapas y aljibes, sitiándola, en amarillo, violeta, azul, pardo, verde, usando los colores en sus degradaciones posibles. Yo la tengo en una sala y convivo en un profuso color pastel y suelo hablar con su caballete, su cetrino atardecer de tiempo y despedida. Es que me encontré con el Maestro, taciturno frente a una lluvia copiosa, como mirando la otredad, ese desdoblamiento de espátula y cielo roto por donde se asienta la nostalgia.

El hormigueo de viandantes, copioso y constante, pasa por su lado, y los turistas no lo saben. No saben que pincel y latidos vibran en sus trazos, que Cestero hundido en su asilo de luz y humildad, creó de nuevo la ciudad, y que en ella, transmigra hacia colinas agridulces, donde el pintor propone relevar a Dios y legitima su creación de energías y corpúsculos. Ir a tomar café a la histórica calle El Conde donde se aposentó la nacionalidad y el coraje en los días bravos de Abril del 65, o llegar al Altar de la Patria, donde cabecean los patricios custodiando la llama de la nacionalidad y la Independencia, es encontrarse de súbito con José Cestero, maestro, amigo, artista de la Patria y del universo.

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