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Puntos de vista miércoles, 30 de noviembre de 2022

Con el negro detrás de la oreja

  • Con el negro detrás de la oreja
Miguel Reyes Sánchez

En estos días, en la búsqueda de la solución al problema haitiano, hemos estado observando el incremento de diligencias diplomáticas insólitas que tratan de que una alta cuota de la salida a la crisis conlleve una mayor carga para nuestro país. 

En todos mis artículos y ponencias he sido categórico en que como pueblo es imposible asumir mayores compromisos y nadie nos puede pedir más sacrificios, que los que cotidianamente realizamos de manera solidaria por el hermano país.

La presión internacional ha sido fuerte, en vez de abocarse a ayudar a la reconstrucción y reordenamiento de esa inviable nación, sugieren la apertura de campos de refugiados en suelo dominicano, el cese de las deportaciones y hasta una alerta migratoria para aquellos que tengan su piel oscura, por si los confunden.

Cada nación es soberana de establecer su política migratoria, en la cual se dispone como medida general el trato de ese Estado a los extranjeros que llegan a su patria y las medidas contentivas para regular la inmigración ilegal.

En República Dominicana no se discrimina a nadie por el color de su piel.

Por nuestra propia condición insular y nuestra estratégica ubicación geográfica hemos sido puerto constante de navegantes, conquistadores, invasores y expedicionarios. Nuestra historia testimonia la diversidad étnica que ha pasado por este suelo, dejando raíces en el mismo. Desde los primeros indígenas, españoles, chinos, franceses, africanos, haitianos, ingleses, cocolos, italianos hasta polinesios y vikingos.

Ya desde el siglo XVII, el presbítero José Vásquez, uno de los degollados en Moca cuando Dessalines, hizo popular su quintilla, en la que lograba captar la mezcolanza racial, debido a los grupos étnicos que se sucedían en la ocupación de la isla, dando el origen genético del pueblo dominicano: “Ayer español nací, a la tarde fui francés, en la noche etíope fui, hoy dicen que soy inglés, ¡no sé qué será de mí!”.

Como resultado de esa liga continua, nuestra raza es una mezcla bien adobada. El criollo por su misma condición biológica es mulato, un hibrido de diferentes colores con predominio del negro y el blanco: el moreno dominicano.

Mal pudiéramos discriminar por color de piel, porque el 95% de nuestra población tiene el fenotipo con rasgos característicos africanos, que nos vienen de nuestros ancestros.

Por eso, el poeta Juan Antonio Alix, a finales del siglo XIX realiza unas décimas tituladas “El negro tras la oreja”, donde va relatando varias incidencias en que se le recuerda al criollo dominicano que su raza era una mezcla étnicamente diversa y que todos tenemos en menor o mayor grado la raza negra en nuestra genética.

En la definición oficial de la identidad colectiva del dominicano hasta hemos establecido un color distintivo de nuestra raza: el indio. Hoy en día es el color más usado en el lenguaje popular y en los documentos de identidad y cubre todo el espectro de matices situados entre el negro y el blanco. 

Se nos ha tildado de racistas, que somos xenófobos, como si fuéramos rubios de ojos azules, y hasta que aquí se practica la apatridia. Todo eso es falso e infundado. Simplemente, estamos ejerciendo el derecho que tenemos a aplicar una política migratoria mediante deportaciones de personas indocumentadas.

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