Opinión

Un día cualquiera

Juan F. Puello HerreraSanto Domingo

La única hermana de sangre que tengo mi querida María Elisa me hizo llegar un escrito donde refiere los reflejos del pecado. En este, clama a Jesús de cómo duele herirlo con las faltas y culpas, igual con las ofensas que parecieran no importar porque vuelven y recaemos; pero él con su bondad infinita regresa a nosotros y nos levanta.

Expresa, de que sería de nosotros si no encontráramos en Jesús el apoyo necesario para encontrar espacio a la contrición, que no es otra cosa, sino el dolor del corazón, esto es, el dolor profundo, dolor en lo más íntimo de nuestro ser, por el pecado cometido.

Traduce mi hermana con un gran sentido de piedad, lo doloroso que resulta ofender y herir al Señor con nuestra desidia y falta de caridad, pero somos débiles y frágiles criaturas, que solo podemos encontrar la paz cuando acudimos a implorar la presencia de un Dios que siempre está pendiente de nosotros.

En verdad, aunque las fuerzas para resistir los embates del pecado parecieran disminuir, Jesús se hace siempre presente ayudándonos a vencer cualquier obstáculo que amenace nuestra relación con él y de ser dignos de recibir su gracia.

Dulce es el amor verdadero, que solo Dios puede dar.

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