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Puntos de vista lunes, 11 de julio de 2022

POLÍTICA Y CULTURA

“¡Que los mate la nostalgia…!”

  • “¡Que los mate la nostalgia…!”
Tony Raful
tonyraful5@yahoo.com

A principio de la década de los años 70, un grupo de amigos fuimos a despedir a dos jóvenes escritores dominicanos que salían al exterior a cursar estudios universitarios especializados en materia cultural y literaria. Se iban llenos de expectativas, de ilusiones. Eran Andrés L. Mateo, hoy Embajador ante la UNESCO, regia eminencia intelectual del país, y Norberto James, el hijo de cocolos de San Pedro de Macorís, recio, excelente ser humano transido por una tristeza fundacional, que lo catapultó en escenarios trascendentes de la cultura, poeta esencial, entrañable.  Éramos un grupo de jóvenes que oíamos música, cantábamos y leíamos poemas por las noches a un nuevo mundo de redenciones y libertades. Una del grupo, la inolvidable Sonia Silvestre, en nombre de todos, al despedirlos, alzó su voz y gritó: “¡Que los mate la nostalgia!”.  Quiso decir todo y lo dijo, desde entonces nos mata la nostalgia.

El escritor Amin Maalouf, se toma el derecho a lamentar, evoca la nostalgia como tarántula obsesiva de la memoria perdida. Por breves espacio de luminosidad el autor coloca sus garfios en lo que Marcel Proust llamó “el tiempo perdido”, el clima de ensoñación que aligerar la carga de vivir. Y nos toca a todos en espacios cohibidos que se extinguen generacionalmente. Pero la belleza de la evocación clava sus garfios en una parte macerada de la herencia cultural. Somos ese incesante rio que Heráclito definió como transición supina hacia recintos móviles de la eternidad. En esta libertad cuasi absoluta que apunta hacia la desintegración de los átomos y de la vida, tal y como la conocimos alguna vez, Maalouf en su desierto agreste de morriña, dice lo siguiente, que me pareció triste evocarlo, pero necesario para saber por qué fuimos felices en algunos intervalos del proceso material histórico. Y analizar esa felicidad en los tramos de todas las utopías inaugurales que nos anteceden, desde la creación del mundo narrada en tranvías de necesidades y de quimeras.   Dice Maalouf: “…hay que recordar el ambiente intelectual y cultural    que imperaba durante buena parte del siglo XX y que conocí personalmente en Beirut. Estoy pensando por ejemplo en los debates que solían tener los muchachos y muchachas estudiantes de la Universidad de Jartum, en los jardines de Mosul o en los cafés de Alepo, en los libros de Gramsci que esos jóvenes se habían acostumbrado a leer, en la obras de Bertolt Brecht que interpretaban  o que aplaudían, en los poemas de Nazim Hikmet o de Paul Eluard, en los cantos revolucionarios que le hacían palpitar el corazón, en los acontecimientos que los hacían reaccionar, la guerra de Viet Nam, el asesinato de Lumumba, el encarcelamiento de Mandela, el vuelo espacial de Gagarin o la muerte del Che. Y más que en todo eso, pienso con honda nostalgia en las sonrisas de las estudiantes afganas o yemeníes que resplandecen aun en las fotos de la década de 1960. Y luego lo comparo con el universo exiguo, sobrio, cariacontecido y desmedrado en que se hallan encerrados quienes acuden hoy a esos mismos lugares, a esas mismas calles, a esas mismas aulas universitarias…”.