Opinión

Tiro de gracia

El friíto de Constanza

Tengo predilección por “mis pasantes”. Esos muchachos y muchachas que llegaron al Listín Diario con voz propia cuando nada tenían que perder.

Pero hoy me voy a referir al segundo grupo. No porque los privilegie, sino porque supieron tocar mi corazón.

En la empresa, el programa Periodista por un Año recién comenzaba y ellos no cobraban un salario como los pasantes de hoy, ni tenían doble sueldo, ni vacaciones anuales ni seguro médico.

El segundo grupo, en total, lo integraban quince soñadores y dos suplementes que a los pocos meses también se integraron como miembros del equipo. Corría el año 2007 y todavía quien esto escribe tenía fuerzas y recursos para llevarlos los fines de semana por todo el país a conocer sitios que nunca imaginaron. No creo que llegaron a ser mejores que otros grupos. Eran periodistas a secas y aprovecharon la oportunidad de trabajar en el Listín para demostrar talento a chorros.

Eran muy jóvenes y liberales, con el olfato, sapiencia y deseos de aprender. Desde nuestras primeras reuniones les alerté la importancia grupal. Debían unirse y ser una familia: Debatir entre ellos lo bueno y lo malo, sin necesidad de terceras personas. Solo vendrían ante mi ante cualquier dificultad, cuando no pudieran manejar la situación entre ellos mismos.

Arlene Reyes y María Esther Campusano, por ejemplo, se me acercaron con lágrimas en los ojos por inconvenientes propios de su inexperiencia, los cuales no fueron bien procesados por quienes debían hacerlo. Ambas hoy son madres orgullosas, me escriben con regularidad y me informan sobre el avance de sus proyectos.

No me propongo narrar aquí las peripecias que vivimos juntos. Ni cuando fuimos a Puerto Plata desoyendo consejos de vestimenta oficial, ni cuando un grupo de tigueres intentó amedrentarnos mientras esperábamos en La Cumbre de la carretera del Cibao por un rescate en otro maltrecho vehículo de la empresa. Esas y otras veleidades inolvidables nos acercaron más. Practicaban el periodismo verdadero fuera las aulas.

La mayor de las recompesas la recibí de una joven estudiante de cuya amistad me honro en mantener.

Maribel de los Santos pasó por varias secciones de Listín con experiencias disímiles. Un día decidi incluirla en mi pequeño equipo de redactores y comencé a solicitarle sus escritos para publicarlos en los espacios asignados en aquel tiempo. A pesar de sus escasos 20 años ya era una experta en el arte del reportaje y la entrevista. Su escritura era pulcra y directa. Sus trabajos llegaban a mis manos casi perfectos. Pero tenía un defecto. O una virtud: No le gustaba llevar sobre sus hombros las palmaditas de nadie. Cuando murió mi madre, ella y Gabriela Read se aparecieron en la funeraria a darme apoyo. Son cosas que nunca podré olvidar.

Durante uno de esos fines de semana llegamos a Constanza. Por razones de logística, no asistió el grupo completo, pero entre los que se atrevieron a soportar al bajas temperaturas de aquel paraje montañoso, estaba Maribel.

Como siempre, había que escribir sobre la zona visitada. Para esa experiencia no les impuse temas. Debían escribir lo que más llamara la atención.

Pero, al parecer, nada las motivó. Regresaron a Santo Domingo con la página en blanco igual que los poetas que de pronto olvidan la naturaleza humana que cae delante de sus ojos como lluvia indiscreta.

El mismo día de cierre del suplemento dominical, Maribel me entregó un archivo como quien no quiere las cosas, y me dijo:

-A ver si le gusta.

Era la historia de un niño humilde que recolectaba desperdicios de víveres olvidados en los campos después de removidos, y los llevaba al mercado para venderlos por unos pocos pesos. Maribel hizo una historia del infante y su labor para ganarse la vida. Pudo sacarle algo de su procedencia y de cómo ya era un hábito llevar a su casa el resultado de la venta de aquellos productos que muchas veces no alcanzaba ni para comer arroz con habichuelas. Su escritura, como siempre, era perfecta. En vez de corregirle, me apasionó leerla.

Maribel no solo me salvó la vida, sino que todo el periódico comentaba la profundidad de aquella historia titulada “El friìto de Constanza” porque, en medio de su miseria, aquel menor tampoco tenía recursos para protegerse de los cambios climáticos.

Maribel hoy vive en California. Tiene una hermosa pareja de niños y un esposo. Nos escribimos. Le envío cada semana mis crónicas, pero nunca le he recordado el episodio del niño de Constanza que le motivó escribir. Yo tampoco he vuelto a verlo. Hoy, aquel niño debe tener entre veinticinco o treinta años y supongo que se esté ganando la vida de una forma distinta, tal vez. Pero su primera historia está publicada en el Listín, escrita, punto por punto, por poderosa vista, el talento y la palabra exacta de Maribel, y perdurará.

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