Opinión

POLÍTICA Y CULTURA

“¡Yo fui un sacerdote equivocado!”

Yo era diputa­do cuando un día en un re­ceso de la se­sión ordina­ria, me quedé en mi curul revisando unos documentos, y se me acercó un señor que nunca había visto, y se pre­sentó como el padre Zenón Castillo de Aza. Espigado y de mirada nerviosa. Recor­dé haber escrito en mis tra­bajos de investigación sobre el Movimiento Clandestino 14 de Junio, una alusión al padre Castillo de Aza, al si­tuar el contexto de las con­tradicciones de la Iglesia Católica dominicana con la dictadura, a raíz de la his­tórica “Pastoral” de dicha institución del 25 de ene­ro de 1960 donde exigía la libertad de los jóvenes en­carcelados y torturados por el régimen de oprobio de Trujillo. En mis considera­ciones ponderando el rol valiente de los Obispos, pu­se como contradicción fla­grante, que un sacerdote católico dominicano había propuesto que se le otorga­ra el título de “Benefactor de la Iglesia” al tirano. No era un sacerdote cualquie­ra.

Bien formado en sus es­tudios en Roma, era un inte­lectual de profunda base cul­tural y académica. El Padre Castillo de Aza había escri­to aludiendo a Trujillo: “Le­jos de retractarme de mi pro­pósito, he llegado a la plena convicción de que la Iglesia Católica, Apostólica y Roma­na no registra, en sus ana­les milenarios, una figura de relieves tan destacados que, en conjunto, haya favore­cido con tanta generosidad sus intereses espirituales y de cultura”. Haciendo una crí­tica a estos pronunciamien­tos del pasado, yo había es­crito que ese sacerdote era “indigno” de sus prendas de representación eclesiásticas, al elevar a Trujillo a un si­tial que no le correspondía. Aquel hombre, me dijo, mi­rándome a los ojos: “noso­tros vivimos una realidad impostora, ignorante en su esencia de todo lo que trans­curría en el Poder político.

Cuando promoví que se le otorgara al Generalísimo el título de Benefactor de la Iglesia, lo hice como un tru­jillista convencido de la gran obra unificadora de Truji­llo y los apoyos a nuestra la­bor de evangelización. En mi fuero íntimo puedo con­fesarle, que no hice daño a nadie y le pedí perdón a Dios por haberme extralimitado, confundido en mis aprecia­ciones de aquel momento, pero yo no soy un sacerdote indigno, yo fui un sacerdote equivocado”. Le respondí, que no hubo nada personal en la alusión, sino el deseo de explicar las contradiccio­nes suscitadas entre la Iglesia en su Pastoral y la respuesta del Papa Juan XXIII, negan­do como oficio y consejería, que se le otorgara a Trujillo ese título, y por otro lado, las declaraciones laudatorias a Trujillo como las expresadas por él.

Era la dicotomía entre aquel discurso, los agravios y la expiación de culpas. Fue un desafío para el Padre Ze­nón acudir a darme una ex­plicación, a sobrecoger su espíritu, a flagelarse tan­tos años después de un des­atino, a yugular un tiempo histórico por el que nadie le estaba ajustando cuentas. Entonces me dijo que le die­ra un abrazo. Me levanté de mi curul y le di un abrazo. Lo invité a beber un café. Pare­cía un niño en el día de Re­yes. Algo en su alma se había desprendido para siempre como yerro y castigo. Y en mi cabeza se quedó clavada su frase, “yo no soy un sacer­dote indigno, yo fui un sacer­dote equivocado”.

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