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Puntos de vista martes, 04 de mayo de 2021

EL BULEVAR DE LA VIDA

Las dulces trampas de la nostalgia

  • Las dulces trampas de la nostalgia
Pablo McKinney
pablomckinney@gmail.com

 No sólo se aman los lugares donde uno fue feliz… tam­bién se ama aquel tiempo. Son las “trampas caritati­vas de la nostalgia” de las que habla García Márquez, las que nos hacen sobredimensionar nuestro tiempo y considerarlo el mejor de todos.

Uno comienza a repasar aquellos años y llega a sus propias conclusiones: Más que malos tiempos en este hoy, lo que tenemos los mayores son los buenos re­cuerdos de aquel ayer, ¡ay!, de ese mar, de ese amor entre adoquines, andaluza de Jaén reinaugurando la Zona, el bar de los espejos “por el bulevar de unos sue­ños rotos /porque se marchó la dama del poncho rojo”, diga Ud. don Joaquín.

Lo único peor que vivir en el pasado, es olvidarlo.

La memoria es un arma de reglamento para sobrevivir a los nuevos tiempos que ya no pueden ser los nuestros. Por eso mi devoción por mi viejo y ya pequeño Co­mité Central del Cariño (CCC) que com­ponen escasos y veraces amigos “que a uno le quedan y no les sobran”.

Mucho antes de que Santos Discépo­lo escribiera ese himno al nihilismo lírico que es el tango Cambalache, ya ocurría igual. Cada generación está convencida de que la suya es la mejor y algo más: la próxima destruirá el mundo. Como leí en las redes hace poco: “hoy, ya no se trata de preguntarnos qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos, sino en manos de cuáles hijos vamos a dejar el mundo”. Y el asunto no es de ayer, pues hace 2500 años, Sócrates aseguraba: “La juventud de hoy es mal educada, desprecia la au­toridad, no respeta a sus mayores, (…) Contradicen a sus padres, (…) y tirani­zan a sus maestros”.

Me lo acaban de confirmar los aseso­res de salud mental de McKINNEY: José Miguel Gómez, Ana Simó y la magister Domínguez. Ha sido demostrado cien­tíficamente, lo que uno, entre boleros, presentía en La Casa de Teatro o Mani­quí, hace ahora mil años: Reunirse en­tre amigos a jugar el juego de perder el tiempo, a fastidiar con buena fe al otro, a dar cuerda sin descanso, a enterrar “la angustia de ser uno mismo”, es terapéuti­co y saludable. Entonces, tócala otra vez, Joan, tócala otra vez: “Mis amigos son gente cumplidora, que acuden cuando saben que yo espero, si les roza la muer­te disimulan, que para ellos la amistad es lo primero”.