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Puntos de vista domingo, 25 de abril de 2021

El dedo en el gatillo

Un cangrejo en forma de acordeón

Trabajé algunos años junto a Jesús Rodríguez, un periodista que, sin darme cuenta, me enseñó a rastrear. Su peculiar formar de moverse llamaba la atención.

  • Un cangrejo en forma de acordeón
  • Un cangrejo en forma de acordeón
Luis Beiro
luis.beiro@listindiario.com

Uno no sabe en qué esquina va a morir. Ni en qué esquela nuestro nombre ha­rá gala al sacrificio. Esa incertidumbre facilita la idea de vivir de cara al sol, porque hoy la duda ha matado a la resurrec­ción, y la existencia de otro mun­do con esferas duplicadas tiene otro tipo de lectura. Sin embar­go, hay un tiempo que avanza con ojos abiertos, donde todo es tan re­lativo, como tomar una copa de vi­no, o pernoctar al aire libre.

Gracias a esos principios no re­cogidos en ensayos académicos, conformamos nuestra identidad y, junto a ella, una red de amigos de aquí y allá, con sus propias mane­ras, entuertos y deseos de hacer­nos la vida mejor.

Trabajé algunos años junto a Je­sús Rodríguez, un periodista que, sin darme cuenta, me enseño a rastrear. Su peculiar formar de moverse llamaba la atención.

Caminaba arrastrando los pies. Sus rodillas y piernas abiertas en­forma de acordeón. Iba de un lado a otro como puede hacerlo un bo­rracho empedernido. Pero Jesús solo bebía agua; a veces, un sorbo de café antes de restregar su rostro con el Sol.

De niño, lo invadió la polio. Cuentan de un esquema mal nu­trido y descuido familiar. Nadie lo tomó en serio y una mal forma­ción congénita fue su compañe­ra inseparable hasta la hora de su muerte. A cambio, trastocó el do­lor por la sonrisa. Una intuición de servicio, una incansable manía de ofrecer afecto y de pulcritud profe­sional lo hicieron famoso.

Le decíamos “Cangrejo” por su carisma a la hora de la reinven­ción. Lo hacía lentamente, y sa­ludaba a todos por igual. Nunca supe cómo se las ingeniaba para llegar a la oficina antes que noso­tros, siempre con jovialidad y a prueba de mezquindades. Sabía esconder la sana picardía de quien sabe mucho pero siempre aprende algo nuevo: No llamar la atención.

Su rostro transpiraba una bon­dad personal. Sus escasos recursos no eran suficientes para andar en taxi, pero el precio de su piel le im­pedía sobrevivir de la caridad ajena.

Era un autodidacta ingenioso, no de esos dibujantes de oraciones maravillosas. Sabía colocar la infor­mación en lugar preciso. Esa virtud no nos fue ajena porque manejaba los grandes eventos como mensajes rescatados de un sonoro precipicio.

Al principio no la tuve a todas con él. Su eficacia despertaba el ce­lo profesional y en ciertas ocasiones lo miraba de reojo como un ser in­ferior. Pero su altura profesional me aplastaba: ni siquiera se detenía en los dardos cruzados nacidos de mis ojos. Con el tiempo llegaron bro­mas, relatos, marismas y, poco a po­co, lo llegué a sentir imprescindible. Fui incapaz de contradecir su vis­to bueno. Y muchos problemas me busqué por defenderlo.

Nadie lo igualaba con teléfono en mano. Su pequeña voz llama­ba la atención. No necesitaba flo­res ni aguinaldos porque siempre se las arreglaba para no quedar es­condido en una urna de cristal. Su olfato lo hacía otear en la distancia, descubrir permanencias y cursores. Todos tenían que ver con sus histo­rias. Fue un privilegio verlo trabajar. Estrechar su mano era un acto inol­vidable. Descubrir sus sueños, enal­tecer a su familia y colaborar en le­janas urgencias tejieron emblemas inolvidables. Cuando acampaba la abundancia, solo entonces, llevaba a su familia unas pocas fundas con rastrojos de recepciones oficiales.

Fue el mejor de todos. Solo él tra­mitó la visita a la UNEAC de prime­ras figuras. Nunca olvido cuando trajo directo del aeropuerto “José Martí” al elenco de la famosa telese­rie “La esclava Isaura” (1976), con Lucélia Santos y Rubens de Falco a la cabeza. Aquel día fue de locura.

Pablo Milanés, Pancho Amat, Ar­turo Sandoval, las orquestas Ara­gón, Enrique Jorrín, Los Van Van y de Elio Revé y los Grupos Moncada y Mayohuacán pusieron a bailar a la contagiosa multitud en los atar­deceres de la UNEAC.

De reojo lo miraban intelectuales y poetas que anhelaban, inútilmen­te, llenos similares durante sus reci­tales y presentaciones de libros.

-Eso tiene que acabarse. Es un bochorno para la cultura cubana ta­les espectáculos populistas –decían entre dientes. Solo entre dientes

Algún día, la nuevas generacio­nes de artistas y periodistas cuba­nos deberán poner una placa en la sede de la UNEAC en memoria de Jesús Rodríguez, el laborioso can­grejo quien, al igual que Angelito, Santana, Berta, Rosita y un servi­dor, fallecimos junto a Nicolás Gui­llén para no ser testigos del aguace­ro que se nos venía encima.