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Puntos de vista miércoles, 03 de marzo de 2021

OYE PAÍS

Deber cumplido

  • Deber cumplido
Ruddy L. González

 Este martes acudí a una cita obli­gada, una cita de responsabilidad conmigo mismo, con mi familia, mis amigos, con los que me ro­dean, con mi sociedad.

Fui a vacunarme contra el Covid-19.

Eran las 6:10 de la mañana, aún semi oscu­ro y con una brisa agradablemente fría, cuan­do hacía fila frente a la entrada de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PU­CMM). Luego de un año en cuarentena, prote­giéndome hasta de mi sombra y protegiendo a mi familia, a mis amigos, la obligación de vacu­narme no era un tema de discusión ni dubitati­vo. Es el rayo de esperanza para salir airosos de la pandemia, que durante todo un año nos ha azotado, nos ha cambiado la vida, nos ha vis­to ver contagiarse, morir a muchos amigos, pa­rientes, personalidades del país y del mundo.

Mi experiencia con el proceso de vacuna­ción, gratísimo aunque durara ¡seis horas y me­dia! Impecable la organización del equipo de la PUCMM. Un gran salón abierto, limpio, ilu­minado, con ventilación por todos lados, sillas suficientes para acoger, con distanciamiento, a los congregados, una ordenada recolección de datos, facilidades como baños limpios y com­pletos, botellones de agua y gel en varios pun­tos y, sobre todo, la amabilidad, educación, vo­cación de servicio de una treintena de jóvenes graduados y estudiantes de término de medi­cina, junto a docentes, personal administrativo y voluntarios de la Universidad, que ‘bregaron’ con cortesía con ese grupo de adultos, todos so­bre 70 años, muchos con limitaciones y proble­mas de movilidad.

El pinchazo, el sacrificio, si lo fuera, valió la pena. ¡Vacúnese!