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Puntos de vista jueves, 03 de diciembre de 2020

EL BULEVAR DE LA VIDA

Adriano Miguel y sus dones

  • Adriano Miguel y sus dones
Pablo McKinney
pablomckinney@gmail.com

Por respeto a sus saberes y aportes, por su magisterio, su enciclopédica cultura y hasta por su edad, debía yo llamarle Don, pero siempre le llamé Adriano Miguel a secas.

Y todo porque en mis años -que ya empiezan a ser demasiados- no he conocido un solo ser humano que tenga al mismo tiempo, como tenía Adriano Miguel, el don de la humildad mezclado con el del buen humor y la buena educación, y hablo de educación académica, pero también de esa otra que solo se adquiere en el hogar, y pienso ahora en un memorable artículo que en mayo de 2008 dedicó a su madre, como me recordaba ayer Chanel Rosa.

Adriano Miguel inspiraba amistad desde el respeto, con un humor con el que -inútilmente- intentaba disimular su magisterio en tantos temas.

Con una anécdota divertida iniciaba cada encuentro con sus amigos; y solo después de un buen chiste, -como si fuera la primera copa de vino imprescindible para iniciar una peña-, llegaba el análisis ponderado, la observación precisa siempre puntual, pues tenía el escaso don de la brevedad que le permitía manejar los adjetivos con el cuidado de un artesano, el esmero de un relojero y el ahorro de un banilejo.

Había renunciado a la dirección de Diario Libre, no para descansar sino para seguir amando a sus nietos, para compartir con la familia y profundizar en sus investigaciones académicas que el diario le había hecho postergar parcialmente durante años.

Debió ser el invitado a mi programa de televisión de este sábado, que grabaríamos hoy jueves. Le llamé, le invité. Aceptó. Hablamos brevemente, pero eso sí, en segundos quedó coordinada la tertulia para después de la grabación. Me comprometí a invitar a la amiga común que nos presentó hace ahora mil años.

Ahora que anda huyendo la alegría, cuando la parca nos roba los amigos y las ganas de seguir, justo ahora, “a esta hora exactamente”, no puedo uno hacer nada más que no sea enviarle a Adriano Miguel Tejada, -allá, en el único lugar donde puede estar y está-, mi abrazo de admiración, respeto y amistad, junto con el de un país al que amó profundamente con un optimismo que hoy, a más de uno, nos está faltando.

Ya amanecerá algún día, lo sé, pero ¡qué invierno tan largo!


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