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Puntos de vista domingo, 25 de octubre de 2020

El dedo en el gatillo

Alguien voló sobre el nido de los cucos

  • Alguien voló sobre el nido de los cucos
  • Alguien voló sobre el nido de los cucos
Luis Beiro

Todo lo que he escrito hasta hoy puede valer mi pasaje hacia el olvido. He sido consecuente con mi propia encrucijada. Llevo treinta años residiendo en un país donde no nací, pero sus gentes me quieren y soportan porque solo he hecho la paz. No me darán una medalla, ni pondrán una tarja a mi memoria. Pero me quieren, y eso es importante. En Cuba fui marcado y me lanzaron a la calle como una fruta podrida, y gracias a mi convicción perdedora no he vuelto a caer en la tentación.

Aunque no me han dejado de fichar. Los que soportan mis lecturas saben que un día viajo en tren y otro doy la vuelta a la tuerca. Solo me arrepiento en no seguir apostando a lo que tiene al mundo al borde del otoño.

Mis novelas son un retrato de mi tierra natal con una visión menos egoísta. Entre comisarios y exclusiones pude armar esos textos desconocidos en los antros donde se otorgan los clásicos diplomas. Algo similar ocurre con mis poemas y cuentos. Todo ha corrido por cuenta de mí mismo y han sido víctimas de mi propia inocencia.

Tampoco me he dejado arrastrar por falsos amigos. No he pertenecido a grupos ni tendencias literarias, lo que me ha valido tener que escribir a vuela pluma, con el sesgo del pecador insomne.

No me puedo quejar. Ni en Suecia ni en España leen mis libros aunque sea como envases de sortijas. Son míos, personales; escritos como puedo y desafiando las incógnitas del ser.Ellos me han granjeado enemigos y también muchas horas de placer.

Decir lo que uno quiere en el momento indicado tiene honduras personales que tarde o temprano cobrarán forma de avestruz.

No dejo de escribir y si en algo creo es en las miradas que me acusan de soslayo; en esos tientos incapaces de alzar la voz. En mis escritos encuentro la razón para continuar como un feroz desconocido en un mundo donde triunfar no vale la pena porque ya tiene nombres y apellidos.

Llevo 15 años vinculado con las más recientes promociones de jóvenes periodistas. Han sabido soportarme y yo he podido ser mucho mejor escritor y ser humano gracias a esa intuición crítica que los lleva a dudar de todo lo que digo. Ellos han llenado mi casa de trofeos que no creo merecer. Son casi dos centenares de muchachos que vienen de las aulas a enfrentarse a una profesión que puede devorarlos si no captan su resplandor.

Por suerte, ellos saben lo que quieren y si he podido incidir en sus improntas no es por inculcarles un sello vanidoso, sino por defenderlos del ego ajeno, de la maniobra oportuna de quienes pretenden escalar por sus espaldas.

Esos jóvenes han sido mi mejor literatura. La que nunca podré atrapar en libros, ni en mis historias sobre miserias cubanas.

Este es el tiempo de los corresponsales por internet. Ya los periodistas no viajan a las guerras ni prestan servicios voluntarios para la Cruz Roja. Antes no se temía a la muerte porque la sangre se podía curtir.

Ahora hay demasiadas muertes y una generación que olvida los desaires de un tiempo convulso. Una generación que prefiere que el mundo sea lo que siempre debió ser: una gran fiesta.

Me tocó vivir espasmos desolados, valores inversos, espías inútiles y disparos a quemarropa. Pude haber sido un hombre triste, resentido y cazador de momentos indicados. Tal vez habría llevado a mis hijos a otras tierras donde todo tiene un precio y tal vez hoy tendría dos o tres sellos literarios a costa de una esclavitud profesional no deseada.

Preferí esta pequeña tierra que injustamente se conoce por sus playas y mujeres hermosas gracias a la mala propaganda de políticos arrogantes y multimillonarios ególatras. Aquí he sido feliz. Salgo de mi casa a trabajar y no tengo empleados a mi cargo. Por el contrario, me incluyo en un equipo que me permite escribir, y conversar donde se encuentre.

Tengo ropas, calzados, un auto de tercera categoría, películas y sobre todo una ventana por donde miro caer las hojas de los árboles. Por ella también he visto cruzar cadáveres ingratos gracias mi privilegiada imaginación.

Lo vuelvo a repetir: lo mejor que me ha pasado es conocer y ser parte de esos jóvenes que cierran fila, aman y protegen el tiempo que les ha tocado vivir. Ellos ven el periodismo como una enramada que cruza alrededor de sus propias virtudes. Saben tomar al toro por sus cuernos.

Gracias a ellos, no terminaré mis días en un hospital para enfermos mentales.


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