La maestría de la vida

Juan Salazar

Una madre de dos hijos con 28 años, a punto de terminar su primera licenciatura, aspira a realizar otra carrera, además de una, dos, tres, cuatro y si es posible cinco maestrías.

Conozco el caso de un hombre de 45 años con una licenciatura, un doctorado, tres maestrías y no recuerdo cuantos diplomados. Ha dedicado su juventud y gran parte de su vida adulta a formarse académicamente. 

Creo que me vi un poco reflejado en ambos, debido a esa pasión por los conocimientos que me embargó en los primeros años de mi vida, aunque quienes me conocen saben que las precariedades económicas dificultaron y retrasaron esas ansias de tener la mayor cantidad posible de títulos universitarios.

No piensen que voy a cuestionar esos anhelos de prepararse lo mejor posible, al contrario, creo que una adecuada formación profesional abre las puertas a mejores oportunidades de acceder al competitivo mercado laboral. En mi caso ha sido así, unido a una pasión tardía que desarrollé por la lectura.

Ahora bien, la actual estela de muertes y dolor a escala planetaria por la pandemia del nuevo coronavirus ha terminado colocando en un plano diferente las prioridades para gran parte de la humanidad.

Ha sido un cambio a la fuerza, que en muchos ha propiciado una perspectiva de la vida totalmente diferente a la que se tenía siete meses antes. 

De repente añoramos ese contacto humano, valoramos más la vida familiar, nos conmueve ver partir a tanta gente valiosa, nuestras metas son más inmediatas y vislumbramos un futuro menos atado a lograr tantos logros académicos y crecimiento personal.

Esta semana, por ejemplo, el tenista español Rafael Nadal declinó participar en el torneo Abierto de Estados Unidos. Era la oportunidad de ganar un gran dinero, pero argumentó que su ánimo no estaba como para viajar a Nueva York y competir en medio de la situación calamitosa que enfrenta la humanidad por el letal virus.

En una reciente entrevista, el actor colombiano Fabián Ríos declaró que antes no paraba de viajar y era una máquina de hacer dinero, pero en el tiempo de pandemia ha podido disfrutar más en familia y de sí mismo, sin preocuparse por los ceros en la cuenta bancaria o la fama que debe mantener.

Son dos buenos ejemplos de una renuncia a las propias ambiciones y a la mentalidad tan arraigada de producir dinero constantemente y de alcanzar seguridades personales.

En un trabajo publicado por Listín Diario el pasado miércoles para honrar la memoria de los médicos fallecidos en la batalla contra el coronavirus, se especificaba que la mayoría eran maestros de maestros en el campo de la medicina.

Pero el otro aspecto que me llamó poderosamente la atención es que, además de ser médicos preparados y eficientes, eran buenos hijos, padres y madres ejemplares, conocidos y queridos en sus comunidades por los aportes realizados al desarrollo de sus compueblanos.

Todo luce indicar, sin dudas, que sacaron tiempo para estudiar, pero también para procurar ser buenas personas y ciudadanos ejemplares.

El rey Salomón, aquel personaje bíblico que se trazó como su principal meta alcanzar sabiduría y riquezas, terminó al final de sus días decepcionado por haber dedicado tanto tiempo de su existencia a esos objetivos y a disfrutar de los placeres de la vida.

Y mire la perla que nos dejó en el libro Eclesiastés, capítulo 2 versículo 11: “Miré luego todas las obras de mis manos y el trabajo que me tomé para hacerlas; y he aquí, todo es vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol”.

A veces tan enfocados en prepararnos profesionalmente y en dedicar la mayor parte del tiempo a alcanzar nuestras más anheladas metas, obviamos esa formación igual de importante para convertirnos cada día en mejores ciudadanos y levantar familias saludables.    

Sería como cursar la maestría de la vida, dedicando también tiempo a la familia y a otras actividades que no aportan tanto al bienestar económico, pero sí al crecimiento espiritual.