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Puntos de vista sábado, 08 de agosto de 2020

FE Y ACONTECER

El tesoro más valioso es el Reino de los Cielos

  • El tesoro más valioso es el Reino de los Cielos
Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez

 a) Del Primer Libro de los Reyes 3, 5. 7-12.

La figura de Salomón cuya grandeza es in­discutible, apa­rece en esta lec­tura, de él se destacan tres facetas: sabio, constructor y rico, llevándose la pre­eminencia la sabiduría, co­mo se puede constatar en la escena de su vida en la que vemos a Dios ofrecién­dole un regalo en un sue­ño y ante la respuesta de Salomón, Él le hace una promesa: “… te doy un co­razón sabio de inteligente, como no lo ha habido an­tes ni lo habrá después de ti”, como nos lo señala el libro de los Reyes en va­rios de sus capítulos. Esto es un ejemplo de cómo en el curso de la historia de la salvación Dios concede los medios necesarios para realizar sus divinos propó­sitos.

b) De la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 28-30.

Continuamos con el ca­pítulo 8 de la Carta de San Pablo a los Romanos, y el Apóstol hace énfasis en que el propósito y el plan de Dios están presentes en todo lo que le sucede al creyente en Cristo Je­sús, y de ese modo sale al paso de quienes pueden desconfiar del plan salví­fico de Dios porque no in­tervenga inmediatamente y según nuestros deseos. San Pablo nos invita a to­mar conciencia de que Dios está al control de to­do, pero el bien que Dios nos quiere proporcionar sólo puede realizarse con la cooperación y acepta­ción de los que lo aman, entendiendo que “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman”.

c) Del Evangelio de San Mateo 13, 44-52.

Este domingo con es­tos versículos finales del capítulo 13 de Mateo con­cluyen el Discurso parabó­lico de Jesús sobre el mis­terio del Reino con estas tres parábolas: el tesoro en el campo, la perla fina, y la red barredera. Lo cual tie­ne como efectos: primero, gozo y alegría por su ha­llazgo inesperado (el te­soro escondido) o afano­samente buscado (la perla de gran valor). Y segundo, en ambos casos, los afor­tunados descubridores, llenos de alegría venden todo lo que tienen y com­pran el campo del tesoro o la perla respectivamente.

Necesitamos la sabidu­ría de Dios para discernir la primacía y el valor ab­soluto de su Reino en nues­tra vida, que es el tema del evangelio de este domin­go. El misterio del Reino de Dios fascina de tal mo­do que para el que lo capta en toda su plenitud no exis­te nada comparable en es­te mundo, merece que se le sacrifique todo, porque es lo único que en adelante dará sentido a la vida entera del discípulo auténtico de Cris­to, esto lo confirma el testi­monio y la entrega incondi­cional de todos los grandes convertidos de todos los tiempos.

El Reino es el valor su­premo, por el cual todo sa­crificio resulta pequeño, esfe, esperanza y caridad en ejercicio; es la máxima exi­gencia moral cristiana que pide una conversión pro­funda a Dios y al hermano. En sus parábolas del Rei­no Jesús habla de la salva­ción con imágenes de vi­da, dinamismo y felicidad que tocan a la persona en su núcleo más profundo. Si he­mos encontrado el Reino de Dios, necesariamente de­bemos irradiar alegría, tes­timoniar esperanza y con­tagiar optimismo. Quien capta el secreto del Reino y asimila el mandamiento bá­sico del amor, ha encontra­do el tesoro escondido que le enseña a relativizar todo lo demás y a mantenerse en equilibrio y felicidad.

Mañana en nuestro país celebramos el Día del Padre ¡Felicito y bendigo de cora­zón a todos los padres do­minicanos! Que el Señor les conceda sabiduría para que eduquen con el mejor de los ejemplos a sus hijos y siembren en ellos los va­lores del Reino.

Fuente: Luis Alonso Schökel: La Biblia de Nues­tro Pueblo.