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Puntos de vista martes, 30 de junio de 2020

PEREGRINANDO A CAMPO TRAVIESA

Asombrarse para investigar y aprender

  • Asombrarse para investigar y aprender
Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
[email protected]

 Acuciosas inves­tigaciones ubi­caron su tumba en la catedral de Fromborck, Po­lonia. En el 2005 recogieron la osamenta. En el 2008 analiza­ron un diente y un pedazo del cráneo que, coincidieron con los datos de un pelo encon­trado en uno de sus manus­critos. Eran los restos del ca­nónigo más ilustre de aquella catedral: ¡Nicolás Copérnico (1473 – 1543)!

Estudió latín, matemáticas, filosofía, griego, medicina, era doctor en derecho canónico, residió en varias ciudades ita­lianas; gracias a un tío, poseía excelentes conexiones ecle­siásticas, ejerció la medicina y administró una diócesis, pero su pasión era la astronomía, desde sus días como ayudan­te del astrónomo Domenico Novara.

Le asombraba el movi­miento retrógrado de algunas estrellas examinadas pacien­temente cada noche. Apoya­do en sus observaciones se atrevió a romper con el Alma­gesto de Ptolomeo, que lleva­ba catorce siglos situando a la tierra inmóvil en el centro del universo conocido. Copérni­co contradecía a Aristóteles y la Biblia. Tantos escrúpulos le suscitaban sus hallazgos, que el piadoso canónigo rehu­só publicarlos. En su lecho de muerte le sorprendieron con su obra impresa, dedicada al papa Paulo III con un prólogo de un protestante que tran­quilizaba a los lectores: aque­llos hallazgos inquietantes, no pretendían informar sobre la realidad del universo, eran meras suposiciones.

En su obra, “¿Qué es eso de filosofía?” Heidegger, apo­yándose en Platón y Aristóte­les, sostiene: no hay filosofía, o búsqueda del saber, sin “ad­mirarse, asombrarse y mara­villarse”. El asombro llevó a Copérnico a observar, inves­tigar, aprender y construir co­nocimiento, mientras afinaba una serie de competencias e informaciones que le permi­tieron presentar sus hallazgos de manera fundamentada y comprobable. Poco importa que todavía estuviera preso de un universo finito; que repitie­se con Aristóteles la ausencia de cambios en la llamada es­fera de la quinta esencia e in­ventase que los planetas se movían por rieles cristalinos; por la puerta que abrió Co­pérnico entraron Tycho Bra­he, Kepler, Galileo, Newton y todos los demás. Y sin embar­go, lo valioso no fue tanto lo que descubrió, sino la meto­dología empleada: no realizó silogismos a partir de autori­dades, sino que observó, ela­boró una hipótesis, la expresó y comprobó matemáticamen­te, la publicó y la sometió a la consideración de otros. De­sarrollemos estrategias para asombrarnos y asombrar, y de ese principio procederán los aprendizajes autónomos más fascinantes que las telas de araña memorísticas.

El autor es Profesor
Asociado dela PUCMM
[email protected].


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