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Puntos de vista viernes, 08 de mayo de 2020

EL CORRER DE LOS DÍAS

Tío Herófilo. Juegos de la memoria

MARCIO VELOZ MAGGIOLO
mvelozm@yahoo.com

 ¿La memoria de la primera infancia está hecha de pe­dazos de realida­des perceptibles para otros y todavía imper­ceptibles completamente para nosotros?

Con los años, al volver hacia el comienzo de lo pensado, comprendemos que el pasado y el pensa­miento con el que tratamos de recobrar la memoria es­tán hechos de puntos lumi­nosos cuya conexión marca lugares que nos impresio­naron, terrenos mas ligados a lo que ahora el recuerdo les dona significado.

He pensado siempre que, en las improntas misteriosas habidas sorpresivamente en los años más tiernos, hay una profunda base nada inten­cional, algo pura, sin conta­minaciones, de lo cual nacen visiones conformadas, sen­timiento de cariño. No solo existen sentimientos que, na­da manejables traen su pro­pia pureza como el halito familiar de alguien a quien nos hubiera gustado querer del todo, como lo fuera mi tío Herófilo el día en que me llevara de regalo dos tórtolas en una jaula de madera tren­zada. Fue la única vez que re­cuerdo haber visto su rostro anguloso, pero mi madre avi­vó siempre su recuerdo. Más alto que el pino que alguien sembró al sur del edificio del Padre Andrickson, lo imagi­no jugando al beisbol. Per­teneció al equipo Licey en el año 1913. En la única foto de ese equipo ese año, se apre­cia el tío con un bate como arma, era su instrumento de ataque beisbolero con el que se hizo famoso como slugger.

Enrique Santamaría, cu­ya crónica del recuerdo sirvió para reconstruir la fundación del Licey, le co­noció y le vio jugar, y lo de­jó descrito en datos básicos sobre el 1907 cuando se re­fiere a la escuadra azul de 1913. Sus batazos eran es­pectaculares. Lo presien­to luego como el tío que ya “volví” a ver en descrip­ciones familiares escuetas y envueltas en elogios por aquel batazo conectado a tal distancia que se convir­tió en leyenda como el “ba­tazo de Maggiolo” que mi madre describía de oídas y que yo saboreaba en mi adolescencia gozando de crónicas sin anotadores. .

Mario Álvarez Dugan, en un magistral resumen del beisbol dominicano, re­pite los elogios de Enrique Santamaría quien afirma que para Herófilo eran co­munes batazos cuyas dis­tancias sorprendían al pú­blico. Eran estacazos cada

vez asombrosos. Completa Chuchito parte de una his­toria deportiva familiar des­tacando que Herófilo, tam­bién hermano de mi tía Enriqueta Maggiolo, era también tío de Alicia Cru­zado Maggiolo, voleibolista miembro del Salón de la Fa­ma del Deporte Dominica­no que puso en alto al país en eventos internacionales.

Entonces comprendí que las historias que nos llegan de la vida familiar se que­dan para siempre cuando se alojan en nuestro ego, co­mo se ha quedado en mí el canto de otras tórtolas, po­co después de comenzada la década del 40, en la mú­sica y la letra de una can­

 ción que comenzaba seña­lando “el canto lastimero de una tórtola sola, es más dul­ce y sincero que una inmen­sa congoja”.

Todavía en las recaudacio­nes musicales de Internet me topo con las voces del dúo Pérez Rodríguez con esa me­lodía cuando mis tórtolas ha­bían desaparecido, ahora su­plemento del pasado, me hacen pensar en el tío ausen­te más querido. Pero en la letra de esa canción aún hay algo que me aflige. El no ha­ber gozado más la presencia del tío Herófilo. Es difícil explicarme el verdadero porqué de esta carambola mental que afecta aun mi alma de poeta.