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Puntos de vista viernes, 03 de abril de 2020

EL CORRER DE LOS DIAS

Soñar con nadie

Marcio Veloz Maggiolo

“El lugar de Nadie. Se vende.”

      El soñoliento    letrero, humedecido, se tornaba indiferente con la lluvia, sus puntos, comas y letras iban del  gótico florido a un mas allá otoñal.  Era un lugar ideal para edificar “la casa de mis sueños.”

         Construiría mi biblioteca en la segunda planta, y  la veía tan  imaginaria, flexible como aquella de Borges. Orlada por  estanterías transparentes donde lo pensado traspasaría los libros, todos entreabiertos, sin autor.  Mejor lectura era imposible, pero  tendría que construir primero la planta inicial, aunque en sueño todo es posible. La  rodearía de árboles frutales como el caimito, la guayaba, y el caimoní, quizás el jobo y un  fascículo amarillo de flores exóticas.  Entonces  me fui a la oficina de registro de títulos buscando una información sobre quién era  Nadie.  Allí buscaron afablemente en los archivos  más viejos o ancianiformes, y surgieron, era un nombre soñado entre otros  tan extraños como Ningún, Apenas, Conscripto,  manifestados por cuenta propia, mientras el registrador   afirmaba  desde su  silla flotante  que los coleccionaba  para un  “diccionario nacional certificado de  nombres desaparecidos precavidos”  donde  los caracteres magullados y dispersos de un nombre  parecido al de Nadie asomaban, y donde “el mío “o “lo mío” flotaban como  ambiciones aparentemente  dispares.   Nadie había registrado la propiedad privada de  Nadie, en su  momento.

       Si Nadie era propietario del anhelado lugar, ninguno podría reclamarlo, por lo que   me tendí bajo el sol en el baldío, pero atractivo, territorio  donde golondrinas aparentes se besaban.    Entonces  un tipejo burlón que decía llamarse Nadie vino a reclamar su maravillosa propiedad, confiando en  que un  verdadero o falso  Nadie, como yo, como comprador, se atragantaría  cuando y lo cierto era que   Nadie, hombre o mujer, conocía el nombre   del propietario,  ni podría suplantarlo para hacerse de la propiedad, hasta que un día apareció encarnado en hueso y palabras incómodas,  otro que como Nadie se  presentó a mi casa como  quien protestaba casi en difumino señalando que él era el verdadero Nadie, y que por haberse escrito erráticamente su verdadero  nombre, me afirmó que Naiden debería ser incluido como una corrección en el letrero, y que esa falta de ortografía habia generado la confusión reinante.   Cuando Naiden, y no Nadie me visitó  en sueños, mostrándome los títulos de propiedad no solo de la tierra letrada, sino de las  tierras barriadas, y me señaló que como intruso ninguno  se haría  dueño de su territorio hasta el momento en el que un yo cualquiera (como yo), un desconocido, lo intentara.  

         Cuando le vi alejarse  casi estuve seguro de que Nadie, disfrazado de Naiden, me había patentizado la incertidumbre originada  en la oficina de registro donde solo nadies, naidens, o nadie, conformaban palabras huecas sin mayúscula inicial.  Por lo tanto, comprobé, siempre intercalando dudas, que Naiden pudo haber sido el nombre equivocado del Nadie que vendía la tierra de mis sueños... ¿Acaso era yo mismo?  Pero muchos incrédulos y conocedores de viejas fórmulas gramaticales no quedamos convencidos de que tan escabullido   nombre se hubiese disuelto en cuentos de camino o en oraciones de semana santa.

       Entonces, convencido de erratas sonámbulas, corregí el error y comencé también  a llamarme Naiden para cubrir el hueco que pudiera  proporcionarme el título de propiedad visto en mis sueños, y hubo la solución instantánea, pues de manera sorpresiva, el titulo se presentó por cuenta propia en mi próximo  sueño conmigo mismo, como un  Nadie  gemelado conmigo,   lo que me dio tempo para justificar el nuevo nombre de ambos, uno para todos, según Dumas, discutiremos. Nuestro psiquiatra, aspirante a novelista, toma notas furtivas que revisaremos.