El dedo en el gatillo

Las mejores emociones aparecen en los finales

Luis Beiro

Jaime Abello (la mano derecha del Gabo) fue mi anfitrión en Mar del Plata. A él le debo mi presencia en aquel encuentro internacional de Editores Culturales. No me interesa saber por qué lo hizo. Solo sé que, sin conocerme, me distinguió desde mi presencia andariega por los salones del Gran Hotel Provincial, diseñado por Alejandro Bustillo y terminado en 1950.

Él organizó una reunión inolvidable y, en algún momento, me sentí fuera de lugar. Fui el único “viejevo” entre los más de veinte jóvenes de diversos países latinoamericanos quienes, durante varias jornadas, debatieron puntos de vista ante la inevitable desaparición de los suplementos culturales. Aquella tropa creativa llevó consigo hermosos impresos llenos de valiosas firmas juveniles. Abello, Director General y co-fundador de la Fundación de Nuevo Periodismo Latinoamericano, fue un moderador comprensivo, y enriqueció las propuestas de armar espacios internacionales de divulgación literaria y periodística para promover la obra de las nuevas generaciones. 

-Algo así podría llarmarse “Lady Borges” -propuso un joven de Brasil tratando de unir lo popular (lady Gaga) con lo culto (Jorge Luis Borges), en honor al autor de “El Aleph”.

Abello estuvo pendiente de todo y de todos. Nada dejó para la sobremesa. Logró, a la vez, espacios de reflexión y esparcimiento. No lo he vuelto a ver, aunque me ha picado la curiosidad por saber el destino de aquella iniciativa.

En el mismo edificio del Gran Hotel de Mar del Plata transcurría otro evento, en apariencia, mucho más importante. No lo voy a referir porque, a la larga, los encuentros de funcionarios culturales resultan tediosos y aburridos y, al final, nada resuelven. Pero aquel encuentro de Ministros Iberoamericanos de Cultura me sirvió para el reencuentro con mi gran amigo salvadoreño Manlio Argueta, un poeta a quien conocí en La Habana de los años ochenta del pasado siglo, con algunos textos poéticos en estilo narrativo, y él me recordaba la entonces importancia de la llamada “prosa política”. 

Manlio no era ministro, ni nada por el estilo. Simplemente asistió al evento como director de la Biblioteca Nacional de El Salvador. El presidente de la República le propuso al cargo titular, pues a su entender, no había otro intelectual de su talla en el país. Sin embargo, Manlio prefirió dirigir el acervo bibliográfico. Con el pequeño presupuesto asignado adquirió algunos bibliobuses de tercera mano en busca de ofertar lectura a niños y jóvenes de intricadas comunidades. También se las ingeniaba para convencer a empresarios locales de la necesidad del patrocinio en procura de nuevos títulos y meriendas para aquellos infantes olvidados.

Ocho días después, se clausuraron los dos eventos. Alguien recogió mi equipaje de la habitación y lo puso en el lobby, detrás de una cortina. 

-¿Fueron ustedes? -requerí a dos jóvenes recepcionistas, quienes me advirtieron acerca del nuevo turno, minutos antes. Nada advirtieron cuando llegaron.

-Es que le iba a dar una buena propina al que me hizo el favor -fui irónico.

Ya de regreso a Buenos Aires, ocurrió otro encuentro inesperado. Un viceministro cubano de cultura se trasladó de su asiento trasero hasta ocupar otro muy cercano al mío. Casi nos topamos codo con codo. Tal vez el funcionario tenía la esperanza de iniciar un diálogo sobre un supuesto tema que, por pudor, no debí suponer. Pero no fue así. Las cuatro horas del trayecto transcurrieron en medio de un silencio sepulcral. A cada rato, con el rabo del ojo, lo observé observándome, aunque disimulaba muy bien el supuesto disfrute del paisaje a través de la ventanilla de la “voladora”.