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Puntos de vista domingo, 16 de febrero de 2020

La familia liberal: amigos y enemigos

Carlos Alberto Montaner

Para Antonella Marty

Hace pocos años sabíamos lo que debíamos hacer en América Latina para superar el subdesarrollo: imitar a Chile. 

No siempre fue así. En 1959, año en que triunfa la revolución comunista cubana, Chile tenía un desempeño mediocre. Su per cápita y su índice de desarrollo económico, eran dos tercios de los que Cuba exhibía.

Hoy se han invertido esos datos y Chile marcha (o marchaba) a la cabeza de América Latina, triplica el per cápita de Cuba y lleva (o llevaba) camino de ser el primer país de América Latina que alcanza ese mítico lugar llamado “Primer Mundo”.

Sin embargo, y aquí radica el núcleo de estas reflexiones, hay miles de chilenos destruyendo metódicamente las expresiones materiales de la formidable transformación chilena.

¿Por qué sucede este fenómeno absurdo de autofagia? ¿Por qué miles de jóvenes chilenos atentan contra su propio bienestar? A mi juicio, por un error clave en la identificación de los aliados potenciales y de los inevitables adversarios.

Durante siglos, desde la revolución francesa, cuando los jacobinos se sentaban a la izquierda y los girondinos a la derecha en el Parlamento, quedó esta costumbre de calificar a los partidos políticos como “izquierda” y “derecha”, pero esa división hoy es totalmente inadecuada.

La frontera hoy es distinta. Hay una serie de partidos dentro de la “democracia liberal”, que tienen marcadas diferencias en torno a las cuestiones económicas, pero esas diferencias no los hacen adversarios.

Conservadores, liberales y libertarios, democristianos y socialdemócratas, coinciden en estos cinco aspectos fundamentales: 

1.    Todas las personas son iguales ante la ley.

2.    Existen libertades imprescriptibles.

3.    Debe existir una separación entre poderes que se equilibren.

4.    Los poderes deben ser limitados y sometidos a elecciones plurales, libres y transparentes, capaces de renovar a las autoridades periódicamente, permitiendo el relevo generacional y la circulación de las élites.

5.    El mercado, con su crecimiento espontáneo, ha demostrado su capacidad de asignar recursos mucho más eficientemente que la rígida planeación de los “expertos”. 

Las diferencias fundamentales e insalvables, son las que se tienen con los autoritarios, ya sean francamente totalitarios, como los comunistas y fascistas, o lo que hoy se denominan “democracias iliberales”.

Estos grupos iliberales pueden llegar al poder mediante elecciones, pero su carga ideológica tiene muy poco que ver con los valores y principios que anidan en la familia liberal. Suelen ser nacionalistas, antiinmigrantes y, por ende, contrarios al libre comercio y a la globalización, aspectos básicos de la familia de la democracia liberal.

No es conveniente, pues, hacer pactos de gobierno con los comunistas, como hicieron en Chile durante la Concertación, o como han hecho los socialistas de Pedro Sánchez en España. 

Hay que entender que los comunistas y fascistas no coinciden ni remotamente con la visión compartida por las distintas ramas de la democracia liberal. A ellos la coyuntura política les exige jugar a la democracia, pero sin la menor convicción. 

·      Creen en la violencia como “partera” de la historia, como opinaba Marx. Y creen en la peregrina idea de que el pensador alemán dio con los mecanismos que regulan el curso de la historia: la plusvalía, las diferencias entre el socialismo científico y el utópico, el legendario rol de los obreros y los otros dogmas de la secta.  

·      Creen en un partido único, de acuerdo con el diseño de Lenin.

·      Creen en la planificación centralizada.

Y si son esenciales las cosas en las que firmemente creen, más importante es todo lo que rechazan de la familia liberal: 

·      Rechazan la propiedad privada de los medios de producción y, naturalmente, el mercado.

·      Rechazan la separación de poderes. Les parece una estratagema de dominación.

·      Rechazan la libertad de expresión, con el criterio de que expresa la voluntad de los dueños de los medios.

Convengamos, al menos, que no es inteligente dormir con el enemigo. Esto se ha visto claramente con la destrucción material de Chile. La posición de algunos grupos comunistas era de aliento total a la actitud devastadora de los enemigos de las empresas chilenas.

Eso tiene todo el sentido del mundo visto desde la perspectiva comunista. Si uno cree que hay que rehacer el mundo desde sus cimientos, es conveniente manipular a los destructores, al “lumpen proletario”, que es lo que han hecho en Chile.

Lo que resulta totalmente absurdo es tratarlos como si fueran aliados, y no como lo que realmente son: enemigos de la ley y del orden libremente establecido por más del 80% de los chilenos. Si no lo entendemos estamos condenados a desaparecer y a enfrentarnos a la pobreza, la cárcel, la muerte o el exilio.