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Puntos de vista domingo, 02 de febrero de 2020

MIRANDO POR EL RETROVISOR

Las derrotas de los barrios

  • Las derrotas de los barrios
Juan Salazar
juan.salazar@listindiario.com

Visité la semana pasada la comunidad La Victoria, en Santo Domingo Norte, precisamente como la mayoría de los dominicanos que acuden allí: Atraído por la cárcel inaugurada por el dictador Rafael Leónidas Trujillo el 16 de agosto de 1952.

El objetivo inicial era entrar al penal para realizar un trabajo periodístico, pero no fue posible porque quienes me invitaron no canalizaron el permiso de entrada por la vía correcta.

Como periodista al fin, no podía retornar con las manos vacías y eso me permitió descubrir lo que la mayoría ignora: La comunidad es mucho más que esa cárcel.

La Procuraduría General de la República construye una nueva penitenciaría en el municipio Guerra de Santo Domingo Este, como parte de un plan de modernización para desarrabalizar ese recinto y enfocado en la humanización del sistema penitenciario.

Pueblo y cárcel de La Victoria parecen atados por un matrimonio que dentro de unos meses podría terminar en una separación hace poco impensable para los vecinos.

Parecería una iniciativa con apoyo unánime debido al historial oprobioso de un penal que constituye una vergüenza para cualquier país que se precie de respetar las normas más elementales de derechos humanos que merecen también los privados de libertad.
Pero no es así.

Es duro decir que una cárcel como La Victoria sea una de las principales fuentes de ingresos de una comunidad digna de mejor suerte.

Los propios moradores lo admiten y por eso se resisten al traslado del penal que llevan hasta en su epidermis, pese al riesgo que conlleva tener en el corazón del sector un recinto tan sobrepoblado de reclusos y donde predomina el hacinamiento.

Tal y como planteó Listín Diario en un editorial para tocar el tema, ese pesar casi colectivo por el traslado del presidio tiene su explicación en la carencia de políticas públicas capaces de lograr una mayor inclusión social y estímulo para que la gente pueda emprender negocios dinámicos y productivos, en lugar de aquellos que fomentan una vida viciosa y promiscua, como las bancas de apuestas y establecimientos que incitan al sexo desenfrenado, para sólo citar dos ejemplos tan presentes en otros barrios populares.     

La Victoria tiene su derrota en esa cárcel, pero otros sectores tienen por igual realidades tan negativas a las cuales parecen ligados sin ninguna perspectiva de cambio, sumidos en el olvido, la falta de oportunidades, carencia de servicios, y sin un traslado, aunque sea forzoso, a la vista.

Los barrios necesitan iniciativas sanas que generan empleos, dinamicen sus economías y potencien los anhelos de desarrollo de sus moradores.
Esa sería su gran Victoria.