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Puntos de vista viernes, 24 de enero de 2020

EL CORRER DE LOS DÍAS

Sagrado bis angelical (1)

MARCIO VELOZ MAGGIOLO
mvelozm@yahoo.com

Ahora que superamos el dos mil veinte, llegando, tal vez, como repentino, el recuerdo. Soñaba que cierta vez te dije “que todos los ángeles, incluidos los de la Navidad, son incorpóreos, nacieron sin masa, y carecen su peso específico que está aun en estudio y no poseen  las proteínas necesarias para que todo niño nazca con una “inteligencia adulta”. He cambiado de opinión y vuelvo a repetirme. “Sé que lo mismo acontece con los espíritus que como el tuyo gozan del recuerdo como quien se deleita con  una eternidad sin pasiones”.  Sigues atada a tu muerte y por ello sé que permaneces en los mismos lugares que habitamos alguna vez. Por tanto, repito lo que he dicho.

Como adultos sin compromisos infantiles, los ángeles son, en verdad, parte de la más esotérica de las creencias. Nos acompañan desde un siempre latente, un siempre potencial. Ni los angelitos crecen ni los adultos envejecen. Todo ángel puede comprobarlo, y si lo intentas te darás cuenta. Un ejemplo claro es el de los ángeles anunciadores ya adultos en el llamado Nuevo Testamento, que permanecen, siempre día a día, esperando las llamadas todavía lampiñas, burlándose de los siglos, bregando ahora con la confusión ajena al calendario de nombres sin pasado en la aplicación humana. Nada ha ocurrido desde tu muerte. El mundo se ha detenido. Los nombres familiares están en escaparates, estanterías y alacenas acompañando los vencidos calendarios de la Compañía Anónima Tabacalera donde afloran lo cigarrillos La Fama, y donde no es lo mismo el nombre de Ángel que el de Angélica, ambos dotados de angelicalidades ausentes de motivos.

Aquí, en Santo Domingo, el arcángel San Rafael sigue entregando juguetes, y la virgen María leche en los puestos de la Central Lechera.  Sin embargo, pese al pobre medioambiente entraste por los pórticos de la gloria con solo unas breves palabras, con un ¡buenos días!, en el idioma utilizado en aquellos predios donde ahora vives.

En estos días aun más continuos de exhibicionismo consumista, todavía los serafines de entonces, llevados al plástico y a las marcas de Taiwán, funcionan como centinelas del Nacimiento que se cubre con un  árbol de navidad desarmable, almacenable y posee extraños bombillitos rutilantes, aun dentro de su caja protectora,  nombres aun no designados oficialmente. ¿Te sorprendes? Claro. Muchos pueden imitar un texto, pero hay voces en las que, como en la tuya, se percibe el clamor de las campanas ausentes y  con nominaciones de uso vulgar acaparadas por tradiciones afros, como acontece con el San Miguel barrial de la calle José Reyes, convertido desde la importación de esclavos, en Belie Belcán, lo mismo que acontece con la pléyade transformable  de santos identificados con fuerzas espirituales personalizadas, fermentando  en la imaginación  popular. Pero tu voz flota a una mayor altura que toda percusión.

No sabemos si los seres alados pueden escuchar la música religiosa oculta en el plumaje de las aves que, de paso, como las ánades y los gansos plateados del Norte que transitan en bandadas poéticas bajo el boreal frío de las  metáforas de alto vuelo, mientras  ignoramos  si  los autores de la temprana  Edad Media, con excepción del griego Esculapio, todavía  inventaran   leyendas como las  contenidas en   los llamados Evangelios Apócrifos.


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