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Puntos de vista viernes, 03 de enero de 2020

EL CORRER DE LOS DÍAS

Sobre el “ancianismo” de la Navidad

MARCIO VELOZ MAGGIOLO
mvelozm@yahoo.com

Llega el momento en el que percibimos que gran parte de lo ya sabido ha alcanzado las fronteras del desuso. Nos preguntamos para qué sirven ciertos conocimientos ya obsoletos o si sentirlos de ese modo, la obsolescencia,  es una equivocación.  

Y pensamos en ellos como cáscaras de un sueño, armazón abandonado de una realidad ya desmantelada. De qué vale lo viejo, y cuánto   podemos haber logrado luego de haber utilizado un saber que ha sido ya sustituido.

 Mis nietos pueden haberme hecho olvidar la tabla de multiplicar y los tiempos verbales. El libro Mantilla, donde un día aprendimos a deletrear produce la risa de los nuevos pedagogos que creen en forasteros métodos. Ya no puedo pensar con Lorca como poeta productor  de metáforas que dignifican la poesía porque , ahora pensar y  decir  “el débil  trino amarillo del canario” es casi un pecado porque los llamados desplazamientos calificativos del idioma, que aprendí en las obras de Carlos Bousoño,  pasaron a ser anuncios de una televisión que ha convertido lo que era antes sofisticado, como cualquier metáfora de Mieses Burgos o de Hernández Franco, en un golpe de cintura del hip hop, en filosofía del movimiento de cadera, o bien en inclinación que aspira a convertir la cadera  en filosofía del movimiento, haciendo del “caderamen” una paradoja. La cultura se “ancianiza” cuando se muestra como contraste de lo nuevo, como acción sustitutiva.  Pero la “ancianizacion” va directamente a la incapacidad de hacer de lo pasado algo valioso. La muerte de lo tradicional se basa en la sustitución análoga. Siempre la cultura nueva busca como justificación el logro de un parecido con la vieja, pero un parecido más funcional ¿espiritualmente? que el anterior.  Acontece que hay tradiciones que no se ancianizan, que se han modificado para vencer el tiempo. Si la ancianidad soporta el cambio y lo asimila, puede saltar la valla.  La Navidad es una de las ancianidades cambiantes. Existen  fechas que, por su significado, son siempre nuevas, no se dejan domeñar por el tiempo, fechas que son rúbricas que reconstruimos cada vez como nuevas versiones de lo arcaico, como nuevos relictos reformados  que siguen presentándose como la “juventud de lo anterior”. En tal sentido lo preliminar es aquello que puede ser nuevo cada día. Modelo, la Navidad, la perpetuación del nacimiento no solo del hombre, sino de todas las instancias y verdades de la naturaleza. En estos días navideños, la nacencia debe ser no solo la del niño, sino la del pensamiento, la de la palabra, la del acuerdo entre el hombre y las cosas, la de la comprensión  del logos  entendido  hasta llegar más allá de los átomos y moléculas, la voz  de quarks y neutrinos que,  propietarios de un sonido impecable, se muestran  como parte  de las siglas con las que la voz de la divinidad, organizando  el habla,  hace  nacer el todo. Por eso la Navidad nos llega en una estrella, o en  el trino de un ave, o en las alas musicales del “cóndor que  pasa”, o en la risa del trueno, o en  el temblor del aire transformándose en viento.  En un pesebre, y antes en una caverna apócrifa, el pastor que convertirá a pastores se manifiesta como signo emergente de todo cuanto existe. ¡Feliz Navidad, aleluya, alegría fructífera de la vida en la Tierra! La navidad es parte de lo anciano cada vez nuevo,  signo de aquello que  debería ser.