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Puntos de vista sábado, 30 de noviembre de 2019

EN PLURAL

Una visita que alerta

Yvelisse Prats Ramírez de Pérez
yveprats@gmail.com

En el programa “Líderes”, de hace unos días, su presentador, Orlando Jorge Mera, mencionó el libro “El Primer Día” de Luis Spota.

Escudriñé en mis archivos y encontré dos artículos míos sobre la obra.

Como la lectura ha decaído tanto en el país, y muchas librerías han quebrado, no sé si este libro genial y alertador se conoce como debiera.

Por eso, resumo En Plural la trama de “El Primer Día”, y con Orlando invito a leerlo a los políticos dominicanos.

“Don Aurelio Gómez-Anda debe visitar, con su cuerpo huesudo, y su carga de experiencias, a nuestros políticos, sobre todo en los duermevelas afiebrados en que se sueña demasiado con el poder. Don Aurelio, “personaje que encontró un autor”, es el protagonista de “El Primer Día”. Extraído de la fauna política latinoamericana, híbrido de búho y chacal, de lobo y serpiente, don Aurelio presidente de una supuesta real república de nuestro continente, llegó al poder, amó el poder, ejerció el poder y abusó del poder durante sus dos mandatos presidenciales, desde la residencia oficial de “Los Arcos”. Astuto, maligno y corrompido, al acercarse el traspaso del mando, elige, con esmero, a quien debe ser el sucesor: Víctor Ávila Puig, ministro de Finanzas.

La historia de esa selección realizada omnímodamente, y de la campaña electoral que al desarrollarse fue separando al candidato-Pigmalión de su protector, están relatadas plásticamente en otra novela del mismo autor: “Palabras Mayores”.

Pero es en “El Primer Día” donde Spota nos impacta con un drama moderno, una tragedia que se desarrolla en veinticuatro apretadas horas entremezcladas con reminiscencias del pasado de poder y grandeza que don Aurelio disfrutó.

Don Aurelio se abruma al retornar a su vetusta casa, después de asistir, torvo y reacio, a la toma de posesión del heredero, a quien se prodigaron todos los honores que antes su predecesor recibía; los minutos crueles que pasan sin que los “fieles” lleguen, sin que el teléfono suene, en la sola compañía del edecán que de repente empieza a darse cuenta, después de 10 años de genuflexo servicio, de “cuán cargante es este viejo de m.....” y rezonga “yo me voy de aquí”. Y además, la memoria acusa y tortura: ¿por qué lo hice, por qué no lo hice, por qué....?

¿Y por qué no llegan, sobre todo? ¿Dónde están los amigos, los colaboradores, los aduladores, los protegidos, los compadres, los ahijados, los secuaces, los conmilitones, la multitud que asechaba servilmente sus palabras y gestos en Los Arcos? ¿En qué lugar-evocado, conocido y amado- se concentran ahora las reverencias, las sonrisas feéricas y los ditirambos, esos que antes se prodigaban a don Aurelio y que esta noche revolotean alrededor del nuevo presidente?

Fatigado, don Aurelio se acuesta. Orlando y yo queremos despertarlo para que visite a los que aquí y ahora luchan por el poder.

Al conocer, a través de esa visita, podrían ver lo que su futuro sería, lo que el porvenir reserva a los que detentan el poder y lo pierden, sobre todo si con sus acciones no han ganado y conservado una cosa que no se compra con favores, ni se conquista con la fuerza y la soberbia: el amor de los gobernados.”