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Puntos de vista miércoles, 21 de agosto de 2019

FUNDACIÓN SALESIANA DON BOSCO

Ya me voy

  • Ya me voy
Luis Rosario

¿Te gustaría inscribirte en una lista y tomar turno para el viaje al más allá? El tabaco es duro, pero hay que fumarlo. Estés o no en la lista, llegará el momento en que la encabezarás.

Pero no te preocupes, pues la lista a la que me refiero, celosamente actualizada por Eligio Batista, incluía solo a los salesianos. Esta vez quien la encabezaba era él mismo.

Fui a visitarlo hace unos días. Acababan de dializarlo. Me habló con humor sobre la comida que le daban, su salud, y sus expectativas sobre el Licey, del cual era fanático compulsivo (se llamaba él mismo “el bengalés” y a la Madre de Jesús le decía “la bengalesa”).

Durante toda la vida asociaba el humor al amor. Compartí con él varios años en la comunidad salesiana de Cristo Rey. Desde que su enfermedad se agudizó y aún antes, acostumbraba a repetir: “Ya me voy”. Pero esta vez, en mi visita, lo dijo de verdad y en serio. Su agonía la hizo con los ojos bien abiertos, como queriendo ver bien, para que no le contaran. Me supongo que los oídos los tendría más abiertos todavía.

Se fue casi al filo de la noche de la fiesta de la Asunción de María y del día del nacimiento de Don Bosco, en cuya familia y carisma había decidido servir al Señor y a la juventud, de acuerdo a la misión salesiana.

Hombre práctico y trabajador, ordenado, puntual y jocoso. No acostumbraba empezar algo sin darle seguimiento y feliz culminación, tras lo cual solía enfatizar: “Ya lo echamos, salimos de eso.”

Otro salesiano, monseñor Fabio Mamerto Rivas, obispo emérito de Barahona, debe estar destornillándose de risa con Eligio en el cielo, como lo hacía cada vez que se encontraban. Le habrá dicho:  “¿Ya llegaste? Te esperaba”. Ambos honran a la Congregación Salesiana.

Nos deja una hermosa lección práctica: aprender a reírse de todo, hasta de la muerte, con humor y amor. A ella, él le preguntó si era en serio que se iba. Y al responderle en silencio que sí, Eligio no tuvo otra salida que gritar, con la fe y la alegría que aprendió de Don Bosco: “Ya me voy”.


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