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Puntos de vista viernes, 07 de junio de 2019

EL CORRER DE LOS DÍAS

Las aventuras de los Evangelios

MARCIO VELOZ MAGGIOLO
mvelozm@yahoo.com

 (y II)

Los inicios de la llamada cristiandad nacen frente a dudas sobre la prédica de Jesús. Uno de los primeros opositores al modo en el que los seguidores de Jesús interpretaron sus palabras fue Porfirio, nacido en 233 -304, o 305, dejando una obra de más de veinte títulos, entre los cuales denunciaba lo que consideraba diferencias profundas entre lo que había señalado Jesús, y las prédicas de sus seguidores.

Los filósofos grecolatinos comenzaban a oponerse a la fe irracional del cristianismo, y a las afirmaciones de los seguidores de la nueva doctrina ya creciente. Para autores neoplatónicos procedentes de la Lógica aristotélica, de las Ideas platónicas aún vivas, y del pensamiento griego florecido en Siria, tierra de varias escuelas entre su población griega, las palabras de Jesús resultaban contradictorias y su interpretación, acomodaticia. De todos modos, la influencia del creciente cristianismo demostraba el porqué de la preocupación del Papa Dámaso I cuando decidió acercar al seno de sus quehaceres a un hombre llamado Eusebio Hierónimo, católico nuevo, de gran cultura, antiguo viajero, conocedor profundo de varias lenguas.

En Antioquía, decidió enrolarse como sacerdote y participar del movimiento creciente de la llamada “Cristiandad”, combatiendo lo que los cristianos consideraban herejías, destruyendo a veces con furor, obras de arte, y quemando legajos de diversa índole, contrarios a la prédica cristiana. Bajo la consigna de dejar de leer toda obra que afectara las ideas cristianas, Hierónimo decidió apegarse al cristianismo, llegando a ser consultor del Papa Damaso I, el que le ordenó ir a las tierras Orientales para recoger y traducir a lengua eclesiástica las versiones griegas del Pentateuco y de los Evangelios, labor que llevó a cabo, no sin protestar, argumentando las dificultades que encontraría, dadas las contradicciones entre los primeros cinco libros y entre los evangelios, material que traduciría al latín, con el beneplácito del Papa, conocido hoy como la “Vulgata Latina”, el primer intento de traducción de los llamados por los cristianos, “libros sagrados”.

Una muestra inequívoca de lo que Hierónimo consideraba una labor difícil, y por tanto de futuras controversias, está en sus palabras, citadas en un documento publicado en los archivos benedictinos en el siglo XVII, donde entre otras cosas dice: “De una vieja obra me obligáis a hacer obra nueva. Queréis que de algún modo me coloque como árbitro entre los ejemplares de las Escrituras que están dispersos por todo el mundo, y que como difieren entre sí, disponga las que están de acuerdo con el verdadero texto griego. Es un trabajo piadoso, mas es también un peligroso arrojo de parte de quien debe ser juzgado por todos, juzgar él mismo a los otros, querer mudar la lengua de un viejo es conducir a la infancia al mundo ya envejecido”.

Varios autores confirman que esta traducción oficial, papal, de la llamada Vulgata Latina sería revisada, retocada y modificada por orden de diversos pontífices, según fueron sus intereses.