FE Y ACONTECER

“Ámense unos a otros como yo los he amado”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez

a) Del libro de los Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27.

Después de visitar las pequeñas comunidades cristianas que se habían formado, cumpliendo su misión de animarlas a permanecer en el Señor, organizándolas y eligiendo de entre ellas líderes locales, llamados ancianos (presbíteros). Pablo y Bernabé regresan a Antioquía de Siria. El autor de los Hechos de los Apóstoles apunta que la elección de estos líderes se hace en un ambiente de oración y ayuno, como se había hecho la de Pablo y Bernabé al encomendarles la misión que estaban concluyendo. A su regreso a Antioquía, la comunidad se reúne para escuchar a los misioneros, como nos señala el texto: “Al llegar, reunieron a la comunidad y les contaron lo que Dios había hecho por su medio y cómo había abierto a los paganos la puerta de la fe. Y se quedaron una larga temporada con los discípulos” (v. 27).

b) Del libro del Apocalipsis 21, 1-5a.  

En estos versículos del penúltimo capítulo de este enigmático libro, San Juan nos habla de la nueva creación que Dios hace y que está congregada en su Iglesia. En este texto, la nueva Jerusalén es presentada como una novia engalanada para su esposo. Se está dando una nueva creación, se ha creado el mundo nuevo que Dios quiere que exista, donde no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor.

c) Del Evangelio de San Juan 13, 31-33.  34-35.

Jesús se despide de sus apóstoles en la Última Cena. Él se limita a lo esencial: “Hijos míos, me queda poco tiempo de estar con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como yo los he amado. La señal por la que conocerán que son discípulos míos, será que se amen unos a otros”. (Jn. 13, 34ss).

El mandato del amor fraterno es el testamento del Señor, por su voluntad es la señal de identificación de sus discípulos y signo también de su presencia real en este mundo. Él propuso ese amor al prójimo, entendiendo por tal a todos, incluso al enemigo. La medida y modelo del amor cristiano no queda en “como a tí mismo”, sino alcanza el “como yo los he amado” del mismo Jesús. De ahí la importancia del amor fraterno que sólo cede el puesto al amor de Dios con el que Jesús lo une y equipara.

El amor que Dios Padre nos tiene en su Hijo Jesucristo, es lo que nos constituye personalmente en cristianos y lo que nos identifica como tales ante los demás como hijos de Dios; esta es la señal que Él nos marcó: amar como Él nos ha amado. Por eso, lo que hay que esperar de un creyente en Él es, sobre todo, que viva, testimonie y practique el mandamiento del amor, como lo hizo la primera comunidad cristiana.

Fuente:
B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.
Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo.