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Puntos de vista martes, 16 de abril de 2019

POLÍTICA Y CULTURA

Peña Gómez e Imbert Barrera

  • Peña Gómez e Imbert Barrera
Tony Raful

La muerte de Ramfis Trujillo el 28 de diciembre de 1969 y el secuestro del agregado militar de la Embajada norteamericana en Santo Domingo, Donald J. Crowley, el 24 de marzo de 1970, desmantelaron la hasta entonces, táctica exitosa del frente conspirativo para derrocar al gobierno del presidente Balaguer. Accidental o no, la muerte de Ramfis desarticuló el impresionante tinglado de militares que se había integrado a la lucha por su regreso y toma del poder en 1970, con la insólita indiferencia y hasta complicidad del doctor Balaguer, pero fue el secuestro de Crowley, el que sepultó definitivamente la táctica anti reeleccionista del Cuartel. Ese secuestro no cabía y no cupo dentro de las coordenadas elaboradas con ingeniosidad teórica coyuntural por José Francisco Peña Gómez y Maximiliano Gómez “El Moreno”. La conspiración de Ramfis Trujillo no tuvo nada que ver con la génesis de la táctica del derrocamiento del gobierno de Balaguer, pero era concurrente en el frente conspirativo en cuanto al objetivo final. Nunca sabremos en qué consistía la tolerancia de Balaguer frente a las actividades desarrolladas por Ramfis en el Cuartel, pero colegimos que operaba como un mecanismo de chantaje al poder norteamericano, frente a la desidia e indiferencia manifestada a su reelección presidencial en 1970, en dos vertientes, esperando resultados favorables o sumándose a una aventura político militar que tenía más de venganza histórica que de cambios progresistas.

Visité junto a Peña Gómez al general Antonio Imbert Barrera una noche de diciembre de 1975. Peña Gómez me requirió como testigo de la conversación que iba a sostener con el héroe del 30 mayo de 1961. Peña Gómez le relató al General Imbert todos los detalles del complot de Ramfis y de cómo iba a operar el desplazamiento de Balaguer, con la posible anuencia del propio Balaguer, para evitar que se impusiera la voluntad de la administración norteamericana en ese momento. Le reveló las fuentes de sus informaciones, porque detrás de ese regreso de Ramfis vendría un baño de sangre al país y por supuesto, el ajuste de cuentas con los que mataron al tirano. Imbert, sobresaltado, en total desconocimiento de lo que se había gestado, confesó ignorar toda la trama, expresando que el accidente automovilístico ocurrido a Ramfis, fue una bendición de Dios. Peña Gómez me dijo entonces, “he querido que estés presente para que un día escriba la historia como fue”. Un año antes de su muerte, me hizo ir a un hospital de Florida, donde estaba interno, y estuve con él 48 horas continuas, dándome datos históricos de las luchas conspirativas y democráticas por las libertades dominicanas. Ni siquiera tomaba los medicamentos, mientras insistía en que yo siguiera escuchando y tomando notas de sus revelaciones. Doña Peggy fue testigo, de que incluso le pidió que nadie nos interrumpiera.


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