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Puntos de vista domingo, 14 de abril de 2019

El dedo en el gatillo

Payadas y payaserías

  • Payadas y payaserías
Luis Beiro

En 2007 asistí a mi primera función de circo en Santo Domingo. El empresario César Suárez tuvo la cortesía de invitarme junto a un grupo de pasantes del programa Periodista por un Año del Listín a la Gran Carpa levantada en el malecón justo en la intercepción esquina con la calle Socorro Sánchez.

Aquel espectáculo me recordó mi niñez cubana cuando de manos de mi madre asistía cada tarde de domingo al desaparecido cine Luyanó donde payasos, magos y malabaristas ofrecían funciones a los niños del barrio.

Pero aquel recuerdo no podía compararse con el espectáculo que sucedía en suelo dominicano. Su glamour superaba en forma y fondo a la improvisada presentación dominical del citado barrio habanero.

La compañía circense mexicana “Hermanos Suárez” era contratada regularmente por el referido empresario artístico quien cedía los terrenos antes apuntados para que se levantara la carpa gigante para continuar la tradición circense nacional.

Los payasos llamaban la atención en aquel contexto. Sus breves presentaciones siempre trasmitían un necesario toque de humor. Verlos romper algún que otro huevo en la testa de su pareja, o ponerse zancadillas a otro igual, así como rodar por el piso como animal curioso, nos preparaba para el próximo número de la función.

Siempre me llamó la atención la pasión de los payasos por las trapecistas. No sé qué encontraban en ellos aquellas jóvenes dedicadas a mantener el equilibro sobre la cuerda floja. Ellas eran el rostro del circo. Los payasos más serios “las sacaban a pasear” al terminarse la función, pero algunos, aprovechaban los aprestos previos a la función para salir de juerga, dejar el programa en el aire, y obligar al dueño del circo a buscar sustitutos de última hora para cubrir las vacantes.

En la Cuba de los años ochenta, Nicolás Guillén autorizó la integración, bajo mi responsabilidad, de brigadas de escritores y artistas miembros de la organización que él presidía, al llamado Plan Turquino. Consistía en viajar en grupos de no más de 10 personas a la comunidad rural guantanamera de Sabana para realizar labores de proyección social.

En esas aventuras montañosas solían acompañarme el mago Ayra y el payaso Romerillo, dos valiosos artistas cubanos que hoy día deben andar por alguna parte, tal vez rememorando la franca ingenuidad de aquellos días donde intentamos hacer algo a favor de un poblado donde nunca antes había llegado la cultura.

Con mirada profesional, el payaso Romerillo adoptó la escuela actoral del célebre Edwin Fernández quien con su payaso “Trompoloco” eliminó del humor todo vestigio de “chercha” para convertirla solamente en un sentimiento de sana alegría.

Sin dejar de pintarse la cara, la nariz y las pestañas, Trompoloco (y también Romerillo) no proponía reír, sino pensar. Narraba historias de trasfondo mientras su semblante iba adquiriendo diversas formas, según el tema a tratar.

Los niños y jóvenes de Sabana por primera vez en su vida conocieron que un payaso no solo trabaja por dinero, ni sirve para payasear, ni provoca risa. Tampoco  “toca” a quienes presencian sus actos. El payaso es un ser que, además del arte, educa. Puede hacer el bien, pero también el mal, porque es un ser humano.

Sin embargo, los payasos que he conocido y a cuyas funciones concurro con amigos y pasantes (tanto aquí como en Cuba) solo sabían mirar el lado bueno de la vida.


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