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Puntos de vista domingo, 24 de marzo de 2019

EL DEDO EN EL GATILLO

Nosotros, que nos queremos tanto…

  • Nosotros, que nos queremos tanto…
Luis Beiro

En 1933, el poeta cubano Regino Pedroso (Matanzas, 1896-La Habana 1983) publicó su primer libro de versos. Sacó unas cincuenta copias y su amistad con el dueño de una populosa tienda en la capital cubana hizo posible que poco después de su salida, se exhibiera en las vidrieras del comercio.

El libro, titulado igual que el célebre bolero “Nosotros”, de Pedrito Junco, lucía como ilustración de portada el emblema del Club Rotario: la rueda dentada.

Muchos pensaron en una publicación  auspiciada por el Rotary Internacional cuya filial en La Habana poseía fuertes engranajes internacionales.

Los pocos ejemplares llevados por el autor se agotaron de inmediato, por lo que el dueño del comercio llamó a Pedroso para que le proveyera más copias.

Pero aquel poemario nada tenía que ver con el rotarismo. Sus textos iniciaban la temática social en la poesía cubana. Ese contenido fue descubierto días después por un acucioso lector que concurrió a la tienda a exigir que le devolvieran su dinero por sentirse engañado por contenido del libro adquirido.

Algunos cuentan que hasta la policía invadió el comercio en busca de su autor, quien fue acusado de “comunista” por sus encendidos cantos a favor del proletariado. En “Nosotros” se hablaba también de Marx, de Lenin y de la “Rusia liberada”.

A fin de cuentas, Regino Pedroso no volvió a aparecer por el lugar, el dueño tuvo que retirar los libros de la vidriera y devolver el costo a los usuarios que protestaban.

A pesar de haber estado preso en una ocasión por pertenecer al cuerpo de redacción de la clausurada revista “Masas”, órgano de la Liga Antimperialista de Cuba, la ascendencia oriental de Regino Pedroso le evitó males mayores.

Hasta 1959 trabajó en la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación y con posterioridad fue Consejero Cultural en la embajada de Cuba en la República Popular China y en México.

La anécdota me la contó Félix Pita Rodríguez en La Habana, y no he podido olvidarla.


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