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Puntos de vista miércoles, 19 de diciembre de 2018

PASADO Y PRESENTE

Una normativa para el Panteón de la Patria

  • Una normativa para el Panteón de la Patria
Juan Daniel Balcácer
jdbalcacer@gmail.com

Historia escolar y tradición. Las hazañas y grandes realizaciones de personalidades extraordinarias o ilustres, por lo general son transmitidas de generación a generación y solo cuando son registradas en libros de historia, especialmente en textos de historia escolar, es cuando de manera colectiva se empieza a conocer, admirar y honrar a los hombres y mujeres eminentes. La historia escolar constituye un factor primordial en el proceso de construcción de la identidad nacional, toda vez que solo a través del conocimiento de las venturas y desventuras de un pueblo es que diferentes generaciones adquieren lo que se conoce como conciencia histórica. En la medida que la colectividad deviene consciente de sus personalidades ilustres, es que la posteridad podrá aquilatar desapasionadamente sus hechos y realizaciones. Así, en acto justiciero, oportunamente se les podrá dispensar el tratamiento merecido en su condición de próceres, héroes o mártires de la nación. Durante la Primera República (1844-1865), el sistema escolar dominicano careció tanto de una historia escolar como académica. Las escasas nociones existentes acerca del “ethos” dominicano derivaban mayormente de la tradición oral que, erradamente, juzgaba que las raíces culturales del pueblo dominicano eran exclusivamente hispánicas. Fué después de la guerra restauradora (1863-1865) cuando surgieron los primeros estudios sobre el pasado dominicano, siendo su primer exponente José Gabriel García, considerado el padre de la Historia dominicana. A través de su monumental “Compendio de la historia de Santo Domingo” los dominicanos de la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a aproximarse al pasado de manera sistemática, así como a conocer de los episodios y hazañas más resonantes de las personalidades que más descollaron en las grandes epopeyas nacionales.

Los héroes nacionales. Sabemos que el Estado dominicano comenzó a honrar a sus héroes nacionales a partir del año 1875, y la primera figura pública en ser oficialmente consagrada como héroe nacional fue Francisco del Rosario Sánchez; luego se continuó con Juan Pablo Duarte en 1884; y después, en 1891, con Ramón Matías Mella. Después de consagrada la tríada inmortal de los Padres Fundadores de la República, en la Catedral continuaron las inhumaciones de otros próceres, héroes y mártires hasta que fue erigido un mausoleo especial para albergar las cenizas de todas las personalidades que se habían hecho merecedoras de reconocimiento público. En 1956 el antiguo templo de los jesuitas fue declarado Panteón de la Patria, y tres años después se iniciaron los trabajos de remodelación a cargo del arquitecto español Javier Barroso. Desde 1974 el referido templo funciona como Panteón de la Patria adscrito al Poder Ejecutivo vía el Ministerio de Cultura.

El procedimiento. No existió -ni existe- una normativa fundamentada en criterios éticos e históricos claramente definidos, que haya servido como marco de referencia para seleccionar los héroes nacionales cuyas cenizas ameritan reposar en el Panteón de la Patria. En principio, las personalidades sobresalientes cuyos despojos mortales fueron gradualmente consagrados como héroes nacionales, fueron seleccionados obedeciendo a iniciativas de instituciones culturales u oficiales que finalmente recibían el visto bueno del Ayuntamiento de Santo Domingo, del Congreso Nacional, del Poder Ejecutivo y también del Arzobispado de Santo Domingo. Ocasionalmente, algunas inhumaciones en la Capilla de los Inmortales concitaron agrios debates públicos, fuera porque se objetaba al personaje exaltado o porque los críticos favorecían otras figuras históricas. Y es que cuando se trata de reconocer los méritos patrióticos de determinado personaje histórico, siempre afloran diferencias de criterio, según la perspectiva político-ideológica de quienes favorezcan o rechacen la personalidad objeto de tan elevada distinción. Hacia 1926, durante la administración del general Horacio Vásquez, alguien sugirió que los restos del general Ulises Heureaux (Lilís) fuesen inhumados en la Capilla de los Inmortales. Esa inusual propuesta originó conmoción pública y opiniones de todo tipo. En medio de la encendida polémica que se generó, el poeta Fabio Fiallo, en desacuerdo con tan descabellada iniciativa, escribió: “Es verdad que [en la Capilla de los Inmortales] ya han metido más de un pobre diablo” y tal vez para evitar que las pasiones políticas continuaran alegremente “desvistiendo un santo para vestir otro”, el bardo afirmaría que solo Duarte, Sánchez y Mella merecían descansar en el Panteón de la Patria. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, hay quienes tienen sus “santos preferidos” y abogan por inhumar restos de unos y exhumar los de otros, razón por la que deviene necesario establecer una normativa que establezca un procedimiento claro, y que todos respetemos, para exaltar figuras ilustres al Panteón de la Patria. Porque, en el caso dominicano, el héroe lo mismo puede haber sido liberal que conservador; y, en realidad, lo importante no es el partido político del cual formó parte esa figura otrora prominente, sino más bien el servicio que hizo por la Patria...


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