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La pre-verdad como antítesis de la post-verdad

En mi artículo anterior, titulado “El mecánico y los políticos” aludí a cierta suerte de conducta adivinatoria que acusaban los mecánicos de pueblo a la hora de hacer el diagnostico de los signos de desperfectos en un vehículo (haciéndolo a tientas), lo que aproveché para comparar con la conducta de algunos políticos a propósito del caso Odebrecht , los cuales, una vez satisfecha cualquier sugerencia hecha por ellos en relación a cómo manejar la etapa preparatoria de ese proceso, apelan a elaborar una nueva teoría ya respecto al orden en que deben llevarse a cabo las pesquisas, ya en relación con el tipo delictual a perseguir, etc.

Aquellos cuya intensión de participar en el debate sobre este respecto se contrae a producir diferencia con lo hecho o lo por hacer por el gobierno a través de su más importante actor en el proceso, el ministerio público, o, a querer implicar oblicuamente al presidente Danilo Medina en la cuestión de los sobornos y supuesto financiamiento de su campaña, se les acaban los cartuchos.

Y se les acaban los cartuchos porque las actuaciones del gobierno y las declaraciones de los acusados que, en Brasil, ya han llegado a acuerdos de lenidad y cooperación premiada, desmienten una por una las falacias de las que se han querido valer en su despropósito.

Y ahora como, el que se está cayendo se agarra de lo primero que encuentre, pretenden echar manos al neologismo de la post-verdad. Arguyen que las cosas han resultado como van en relación con la no implicación del presidente en los actos de corrupción porque el propio gobierno ha implementado en su favor el recurso de la post-verdad.

Para los que no conocen el término, la post-verdad -neologismo inventado por David Roberts- es algo así como la construcción interesada, por parte de un individuo o colectivo, de una verdad distinta de la que ya ha sido establecida de manera inequívoca, con la intensión, claro, de beneficiarse de ello mediante su exclusión de todo lo que lo perjudica por aquella.

Es fácil construir un dogma; y si los resultados de lo comprobado se corresponden con ese dogma entonces es verdad aceptada, pero si no, es mentira ofrecida al público mediante el mecanismo de la post-verdad.

Estoy de acuerdo en que construir la post-verdad en un acto enojoso, despreciable -¡si alguien lo hace, claro!-, pero sería bueno que quienes construyen dogmas por anticipado tengan la honradez de reconocer cuándo han fallado y reconocer, además, que sus prejuicios no son leyes; que cualquier imputación de orden penal está sujeta a su comprobación por parte de un juez en el marco de un proceso; y que reconocer lo que de ello resulte los enaltece, no los reduce. Lo recomendable es esperar, entonces, a que se determine la verdad procesal.

Así construiremos el país que esos personajes dicen querer, mientras actúan como dueños de la verdad absoluta, desconociendo los mecanismos institucionales para establecerla.

El autor es abogado y politólogo.

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