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PEREGRINANDO A CAMPO TRAVIESA

El Obispo Atanasio, más egregio que Constantino

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Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.Santo Domingo

El miércoles 21 de agosto de 1940, en medio de los bombardeos de la Alemania nazi sobre Londres, Winston Churchill reconoció así la increíble labor de los pilotos de la fuerza aérea británica: “nunca en el terreno de la guerra, tantos les han debido tanto a tan pocos”. La Iglesia católica pudiera decir lo mismo del Obispo Atanasio de Alejandría (296 – 373), uno de los grandes defensores del Concilio de Nicea.

Constantino y sus sucesores, pretendían que los defensores de la divinidad de Cristo llegaran a un compromiso con los arrianos, que negaban la divinidad de Jesús y los semi arrianos, que no afi rmaban la igualdad en la dignidad divina de Jesús con el Padre. Pero los que aceptaban la validez del Concilio de Nicea, tenían clarito que nadie es divino “más o menos”.

Cuando en abril del 326 el Obispo de Alejandría, San Alejandro, estaba moribundo, obligó a San Atanasio a que aceptara el cargo de obispo de Alejandría, cargo que Arrio había pretendido desde antes de que fuera ordenado sacerdote.

A pesar de que Alejandro fue tolerante con Arrio en los inicios de su ministerio, éste lo odiaba, porque Alejandro había captado la magnitud del error de Arrio.

Del obispo San Alejandro, Atanasio recibió esta doctrina: Dios es eternamente dinámico, eternamente engendrador y comunicativo de sí mismo. El Hijo es tan eterno como el Padre, tan Dios como el mismo Padre. El Hijo no procedía del Padre como si fuera una criatura, sino como una comunicación eterna en la que el propio Padre se expresa cabalmente. El <>, >, <> que permite que Dios eternamente Dios- Padre. Dicho de otra manera: <

Atanasio, el obispo de Alejandría, se mantuvo fi rme, no entró en ningún compromiso, y como Constantino y sus sucesores querían una unidad por encima de todo por razones políticas, Atanasio fue obligado a vivir en el exilio ¡cinco veces! por defender el credo niceno. Se dice que tenía un bultico preparado en su casa, para cuando lo botasen o tuviese que salir corriendo.

En sus exilios europeos, Atanasio dio a conocer la vida del longevo San Antonio Abad (251 – 356), de quien hablaremos en otra ocasión.

El Papa Benedicto XVI encomió así la valía de Atanasio: “… en cinco ocasiones —durante treinta años, entre 336 y 366— san Atanasio se vio obligado a abandonar su ciudad, pasando diecisiete años en el destierro y sufriendo por la fe. Pero durante sus ausencias forzadas de Alejandría el obispo pudo sostener y difundir en Occidente, primero en Tréveris y después en Roma, la fe de Nicea así como los ideales del monaquismo [el ejemplo de vida de los monjes que vivían en la soledad del desierto], abrazados en Egipto por el gran eremita san Antonio, con una opción de vida por la que san Atanasio siempre se sintió atraído.” Un dato curioso, que sería estudiado más tarde por el beato cardenal Newman: muchos obispos no alcanzaban a ver la importancia de defender el credo niceno, ¡pero el pueblo cristiano sí! En aquella ocasión, fue la gente corriente y sencilla la que guardó el sentido de la fe verdadera. A ese sentido se le llama, “el sentido de los fi eles”.

EL AUTOR ES PROFESOR ASOCIADO DE LA PUCMM mmaza@pucmm.edu.do

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