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EL CORRER DE LOS DÍAS

Los “primitivos” como sabios

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Marcio Veloz MaggioloSanto Domingo

El modelo de los recolectores precolombinos para el cuidado del medio ambiente supera el de muchos dominicanos de nuestros días. Un recolector era un aborigen, un indígena que vivía no de lo que sembraba, sino de lo que recogía. La naturaleza era su prodigioso almacén cíclico. Su conocimiento de los ciclos de la naturaleza superaba en muchos casos los del campesino de hoy. Simplemente el recolector, necesitaba observar con más cuidado el modo cómo la naturaleza se comportaba para aprovecharla al máximo. Algunos dirán que exagero, pero las evidencias arqueológicas muestran que el recolector tenía un control de sus espacios completamente lógicos. La seguridad en los lugares de los que se beneficiaba era casi perfecta. Llegada cierta época del año abandonaba el lugar de permanencia para moverse y sacarle al medio todo cuanto el mismo podría proporcionarle. Las distancias no eran tan importantes, porque sus campamentos eran siempre espacios de permanencia laboral en los cuales el tiempo de recolección se relacionaba con la abundancia o escasez de un tipo de alimentación. Por lo tanto su forma de trabajo no era reproducir, como aconteció luego con los agricultores, sino establecer el lugar donde naturalmente se reproducía el alimento en tal o cual época del año. Su nomadismo y seminomadismo eran, por tanto, el reflejo cultural de su necesidad de sobrevivir sin producir artificialmente el alimento. Existe una lógica de la supervivencia que el hombre moderno ha ido perdiendo con el tiempo y con la transformación del medio en el que vive. A partir de la invención de la agricultura, del conocimiento de la misma, el ser humano se desentendió en parte del sistema tradicional que lo impulsaba a defender el medio para poder vivir del mismo. Una transformación artificial del ambiente significó un enriquecimiento de la vida, pero a la vez un empobrecimiento de muchos factores naturales que terminaron siendo olvidados. El más vivo ejemplo del desconocimiento medioambiental de los campesinos actuales, es la ruptura del sistema de manglar. Mangle y hombre están hoy en contradicción permanente. Desde la colonia hasta nuestros días el uso del manglar para aprovechar maderas, hacer carbón, despoblar para aprovechar playas y crear espacios, es una constante. Nuestra fauna marina, sin embargo, vive en gran parte de los aportes naturales del manglar. Los primeros recolectores antillanos, hacia el 3500 antes de Cristo se asentaron en los manglares de El Soco, Manzanillo, y en las grandes desembocaduras de los ríos donde este árbol habitó y aún habita precariamenrte. En algunos casos la vida del recolector fue tan rica, que los grupos se mantuvieron explotando la fauna del manglar durante milenios. ¿Pero cuál era esa fauna? Vale repetir que las raíces altas y separadas de las aguas de este árbol permiten que los peces, la fauna marítima juvenil, la que va a ser adulta luego, se esconda allí hasta alcanzar tamaño suficiente para ir al océano. Esta fauna es vida para el habitante humano, cuya cacería nunca habrá de exterminar, pero lo mismo son los cangrejos, los crustáceos, las aves diversas que anidan y desovan en las frondas, así como los tipos de bivalvos, como son las variantes de ostiones, que aún hoy, pese a la depredación existen y se consumen de modo creciente. Si todo esto es positivo, si el manglar es un morigerador de las temperaturas y un creador de ambientes positivos, si permite que no desaparezca para siempre cierta fauna marina y terrestre, ¿por qué no se intenta mediante leyes ejecutables, su incremento, el que a la vez incrementará todos los niveles ecológicos que rodean tal ecosistema? La naturaleza es y será siempre más sabia que el hombre. Así como aquellos recolectores se defendieron del mundo circundante estudiando los ciclos naturales y aprovechándolos, debemos nosotros proteger el entorno cuando el mismo es fuente primordial de riqueza que se reproduce por sí misma, o que permite, sin borrar el pasado que la origina, que la reproduzcamos para volver a hacer rica la tradición perdida.

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