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PENSAMIENTO Y VIDA

Tradición y Sagrada Escritura

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Fco. José Arnaiz S. J.Santo Domingo

La fe, a la que pertenecen esas verdades escuetas, no es simplemente la fe cristiana sino la fe católica. Ante todo, Dios, infi nitamente perfecto, autosufi ciente y feliz, creó, por pura benevolencia, al ser humano para hacerlo partícipe de su vida. Llegada la plenitud de los tiempos Dios Padre envió a su Hijo como redentor y salvador de los seres humanos, convocándolos a pertenecer a su Iglesia como hijos adoptivos por obra del Espíritu Santo y como herederos de su vida gloriosa. Dios, al crear al ser humano como imagen suya, infundió en su corazón el deseo de verlo, y no cesa de atraerlo a sí para que consiga esa plenitud de verdad y de felicidad que busca insaciablemente. Esta íntima y vital vinculación con Dios confi ere al ser humano una incomparable dignidad haciendo de él, por naturaleza y vocación, un ser esencialmente religioso, capaz de entrar en comunicación con Dios. A Dios el ser humano lo puede rastrear a través de la creación y por medio de la revelación. A través de la creación el ser humano, con solo la razón, puede conocer con certeza a Dios como origen y fi n del universo, y como sumo bien y como verdad y belleza absolutas. A través de la revelación él puede adentrarse en la intimidad del misterio divino que trasciende la razón. Dada la difi cultad que tiene el ser humano para conocer a Dios; Dios, por medio de la revelación, ha querido iluminarle no sólo sobre verdades que superan la capacidad comprensiva humana, sino también sobre verdades religiosas y morales que, aunque de suyo accesibles a la inteligencia humana, pueden así ser conocidas más fácilmente y sin mezcla de error alguno. El ser humano puede hablar a todos y con todos acerca de Dios partiendo de ese orden portentoso que reina en el cosmos, o partiendo de las perfecciones del ser humano y de toda la creación que refl ejan, aunque de modo limitado, la infi nita perfección de Dios. Es necesario, sin embargo, que el ser humano purifi que continuamente su lenguaje fundamentado en los sentidos, consciente de que jamás se podrá expresar plenamente con palabras humanas el insondable misterio divino. Dios, sin embargo, cuando determinó revelarse al ser humano, lo hizo por medio de acontecimientos y dichos. A través de ellos se manifestó y le aclaró su benévolo designio que consiste en hacer partícipes de la vida divina a todos los seres humanos haciéndolos hijos adoptivos en su único Hijo. Con pedagogía muy sabia fue preparando gradualmente a los seres humanos a recibir la plenitud de la revelación, Jesucristo nuestro Señor. Dios, “quiere que todos los seres humanos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4), es decir a Cristo nuestro Señor. Por esto es necesario que Cristo sea anunciado a todos los seres humanos de acuerdo a su mandato: “Vayan, pues y hagan discípulos a todas las gentes”... El cumplimiento de este mandato constituye la Tradición Apostólica. La Tradición Apostólica es el anuncio de Cristo, en los inicios del cristianismo, que hicieron los apóstoles con su predicación, testimonio y creación de diversas instituciones, y por escrito a través de los libros inspirados. Bajo la guía del Espíritu Santo los Apóstoles trasmitieron a sus sucesores, los obispos, y por medio de estos a todas las generaciones hasta el fi n de los tiempos cuanto ellos recibieron de Cristo y también del Espíritu Santo. La trasmisión oral es llamada Tradición que es distinta de la Sagrada Escritura. Tradición y Sagrada Escritura están estrechamente unidas e intercomunicadas. Tienen una misma fuente divina, tienden a un mismo fi n y constituyen el depósito de la fe (“depositum fi dei”). El depósito de la fe ha sido confíado a todo el pueblo de Dios que con su sentido sobrenatural de fe acepta la revelación, la conoce y la vive. La interpretación auténtica del depósito de la Fe pertenece en exclusiva al Magisterio vivo de la Iglesia, es decir, al Sucesor de Pedro, obispo de Roma, y a todos los obispos en comunión con él. Al Magisterio le corresponde defi nir los dogmas que son expresiones de las verdades contenidas en la Revelación divina o deducibles de ella. La Tradición, el Magisterio y la Sagrada Escritura están estrechamente unidas y contribuyen efi cazmente, bajo la acción del Espíritu Santo la salvación. La Sagrada Escritura es una sola “palabra de Dios”, porque Dios con todas las palabras de la Sagrada Escritura dice una sola palabra, el Verbo –su Hijo– con la cual revela su misterio. Dios es el autor de la Sagrada Escritura y, por esto, está inspirada y enseña la verdad salvífi ca sin posibilidad de error. El Espíritu Santo ha inspirado a los autores humanos, los cuales escriben aquello que Él quiere enseñarnos. La fe católica, sin embargo, no es la religión basada en unos libros sino basada en la “Palabra de Dios”, que no es una “palabra escrita y muda sino el Verbo encarnado y vivo” (San Bernardo). La Sagrada Escritura debe ser leída e interpretada con la ayuda del Espíritu Santo, su inspirador. Para interpretar la Sagrada Escritura de acuerdo al Espíritu Santo, el Concilio Vaticano II señala que debemos prestarle tres tipos de atención: atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura; atención a la Tradición viva de la Iglesia, y atención a la armoniosa conexión de las verdades de la fe entre sí. Muchos se preguntan qué es eso del “canon” de la Sta. Escritura. Canon de las Escrituras es el elenco completo de los escritos sagrados establecido por la Iglesia de acuerdo a la Tradición Apostólica. Tal canon comprende 46 libros del Antiguo Testamento y 27 escritos del Nuevo Testamento. Los católicos veneran el Antiguo Testamento como verdadera palabra de Dios. Todos sus libros están inspirados por Dios, conservan un valor propio y perenne, expresan un vivo y verdadero sentido de Dios y preparan la venida de Cristo Salvador al mundo. El Nuevo Testamento cuyo objeto central es Jesucristo constituye la verdad defi nitiva de la Revelación divina. En él los cuatro evangelios, que nos relatan la vida y doctrina de Jesús, son el corazón de toda la Sagrada Escritura y por tanto ocupan un puesto único en la Iglesia. La Sagrada Escritura es una por ser una y única la Palabra de Dios, uno y único el plan salvífi co de Dios, y una y única la inspiración de ambos Testamentos; el Antiguo prepara el Nuevo y el Nuevo completa el Antiguo. La Sagrada Escritura sostiene y fortalece la vida de los cristianos. Dice el Salmista: “Es lámpara para mis pasos y luz para mi camino” (Sal 119, 105). Debemos impulsar el conocimiento de la Sagrada Escritura porque ignorarla es ignorar a Cristo. A Dios que se nos revela debemos aceptarlo con fe. Fe es confi ar en Dios acogiendo su Verdad, garantía del que es la Verdad misma. La Sagrada Escritura nos ofrece modelos de obediencia fundamentada en la fe. Abrahán que en medio de la prueba gracias a su fe supo obedecer, “esperando contra toda esperanza” (Rom 4, 18). Por ello fue declarado “padre de todos los creyentes” (Rom. 4,11-18); la Virgen María, que es la más limpia realización de la fe: “Fiat mihi secundum Verbum tuum”, “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Confi ar en Dios signifi ca ponerse en sus manos, entregarse a Él, fi ándose totalmente de él y aceptando toda verdad revelada por él porque Dios es la verdad. Incluye creer en un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La fe es gratuita, don de Dios que a nadie él se lo niega. Es humana, porque debe ser un acto consciente y libre. Es segura porque se fundamenta en la palabra de Dios. Es dinámica porque es un proceso progresivo. Es libre porque no está sujeta a coacción alguna. Es necesaria porque es requerida para salvarse. Es perseverante porque debe durar hasta el fi n de la vida temporal (“usque ad fi nem” “hasta el fi n” Mt 10, 22) . Y es anticipación de la vida eterna, hace pregustar el gozo celestial. La fe es un acto personal, en cuanto que ella es la respuesta libre del ser humano a Dios que se revela, que se manifi esta. Es también, sin embargo, un acto eclesial que se expresa en el Credo o Símbolo de la fe de la Iglesia. La Iglesia, puesto que ella enseña a comprender y a trasmitir la fe, es Madre y Maestra. Ella con la gracia, la acción gratuita, del Espíritu Santo precede, genera, alimenta y alienta nuestra fe. Los Símbolos de la Fe son formulaciones apretadas y articuladas, llamadas también “Profesiones de Fe”. Por medio de ellas la Iglesia, desde su origen, ha expresado y trasmitido su fe en un lenguaje común y asequible a todos los fi eles.

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