REFLEXIÓN DEL ALMA

Una razón para creer en Dios

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Leonor Porcella De BreaSanto Domingo

Dominicanos, en este tiempo de navidad ha de existir paz del alma, soseguemos la vida con amor y fe, les deseo toda la felicidad. Una gran amiga de adolescencia, nacida en Londres, Inglaterra, hija de industriales que recuerdo tiernamente; amigos cercanos de mis progenitores, con quien conservé a través de la vida gran amistad. Pasó el tiempo y caminamos por diferentes senderos. Ella se casó, tuvo cinco hijos, sucediéndole cosas insospechadas. Desde días memorables se enloquecieron con nuestra hermosa tierra, especialmente con Casa de Campo. Hace poco regresaron a Santo Domingo; mi amiga me hizo una historia personal conmovedora, me pidió no dar su nombre que omito, pero deseo contárselas. Más consciente que nunca sobre la fe, en contraposición con la realidad circundante. Todo humano tiene reservada una cruz pesada de cargar; sorpresas desgarradoras que pueden sacudirte al extremo de cambiar tu concepción de la vida y de como vivirla. Esta señora, perteneciente a un estrato social muy alto, vivió de fiesta en fiesta, de viaje en viaje acompañada por su esposo, italiano, convirtiéndose en una pareja inseparable porque se adoraban. A pesar de ser una familia muy distinguida, años después mi amiga se alcoholizó; no obstante, nunca le faltó valor y voluntad. Se internó en un centro especializado con gran sufrimiento, logrando romper la horrenda esclavitud de esa dependencia despiadada. Pasó el tiempo, mi esposo y yo fuimos a Londres comprobando que su vida estaba limpia desde todo punto de vista. Los hijos se casaron y se dispersaron por la tierra. Ella sufría, hubiera querido mantenerlos cerca; sin embargo, las prisas de la vida: las distintas carreras adquiridas, los trabajos ejecutivos de los esposos y las diferentes actitudes y anhelos los alejaban de sus padres, al extremo que cada día que pasaba, mi amiga sufría más por una dolorosa soledad de ausencia involuntaria; sobretodo por ser una pareja muy amorosa, resintiéndolo. Iba a la Iglesia Católica y oraba; sin embargo, los sermones no le significaban nada, se sentía vacía, ignorada por el Todopoderoso. Habló con un sacerdote informándoselo, le preguntó: en qué forma Jesucristo escucharía sus súplicas, él le contestó: “Ábrele tu corazón al Señor, que Él siempre escucha a los humanos” En esa profunda necesidad de amor filial, ella empezó a hablarle al Señor directamente, y aunque era creyente seguía pensando que Dios no la escuchaba. Pedía por sus muchachos, dispersos por el mundo, la pareja viajaba a verlos; sin embargo, mi amiga sufría como una condenada, sin ver una luz que transformara su desesperación en alegrías, cambiando la sed de sus hijos por una chorrera de amor que llenara su vacío del alma. En su desesperación un día le dijo a Dios: “Señor, dame una señal, di que me escuchas”. Ella recibió la señal más dura, le diagnosticaron cáncer inoperable en un pulmón, sus hijos corrieron todos hacia Londres y se reunieron para darle el apoyo necesitado. Entre todos le regalaron una casa preciosa en Casa de Campo, con cabida para ellos; logrando todas las comodidades posibles para que viviera allí junto a su esposo, el resto de su vida. A partir de ese momento la acompañaron siempre. No permitió quimioterapia, sólo aceptó radiaciones, su espalda quedó destrozada. sus hijos se turnaban, siempre estaban con ella; sufría callada sólo dolor físico porque la felicidad la colmaba. En el último examen radiográfico con otro scan, los médicos llamaron a la familia entera; ellos creían que era para lo peor, no obstante, el diagnóstico fue milagroso: ¡Mi amiga estaba limpia, no había rastro del cáncer, estaba totalmente curada!

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