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EL CORRER DE LOS DÍAS

¿Una genética de la memoria?

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Marcio Veloz MaggioloSanto Domingo

Me llegan los recuerdos y apenas sé qué hacer con ellos. ¡Son tantos! Pertenecen a una especie de escala, porque emergen de modo ordenado, unos tras otros, como conformando partituras “musicadas” por el sueño que el pasado coloca como lienzo sobre lo que se supone ya ido. Pero no es así. La importancia de los recuerdos es dictada por los recuerdos mismos. Me refiero a su llegada, porque al fin y al cabo recordar no tiene un ordenamiento lógico. ¿Quién puede llamar lógico a un recuerdo nacido de la mancha de un perro habitante de la infancia y llamado Otelo? La imagen surge del olor a vinagre, el vinagre aquel fabricado por Panchito Veloz convirtiendo el azúcar de la miel en agrio personaje transparente. El recuerdo acre no viene solo, viene acompañado de un entorno donde mi perro ladra y hace sus ejercicios. Camino entre toneles producto de los desechos de Barceló y Compañía en los momentos en que aquella firma licorera cambiaba su “infraestructura” y mi padre pensaba en grande, deseaba pensar en grande y decidía comprar toneles en desuso para fermentar miles de galones marcados por la ilusión de convertir en fábrica el patio de cincuenta metros de fondo de la casa 57 de la calle Ravelo, propiedad de doña Consuelo Ibarra. Me siento de momento ante la imagen fundadora de don Juan Alejandro Ibarra de quien era hija doña Consuelo. Me llega, intruso, lo sabido luego como la fundación del barrio, pero ya está dicho en otros escritos y por lo tanto no cabe ahora en este artículo. Los recuerdos tienen su propia genética, viven de sí mismos para que otros se empeñen en mantenerlos. Según sea el momento funciona también una génetica del rechazo. ¿Son acaso los recuerdos lacra o flor? Nadie sabe. Me siento a recordar sin siquiera saber qué cosa retomaré. Simplemente cierro los ojos y espero. Y allí, agolpados, según sea al olor de la mañana, o el ruido de algún vendedor de sueños convertidos en la fonética barrial con la que vocea su carga de aguacates y piñas, surgen. Tientan el pensamiento, y te obligan a ver lo que una vez viste, pero hay nuevos colores. Entonces te “ensoñas”. Los retomas y analizas por qué razón los recuerdos están inveteradamente a tu lado, dentro de ti. Un notable científico de cuyo nombre quisiera acordarme escribió cierta vez un libro titulado “El gene e la sua mente”. Decía que los genes se orientan porque tienen una especie de mentalidad que sólo ellos mismos manejan. Los genes del hígado, los que lo conforman y dan personalidad de hígado a este divino asentamiento de vida, no pueden pertenecer al pulmón, sino a una entidad llamada hígado, la que a la vez es parte de una totalidad animal, o botánica, o visceral o sideral. Los genes son parte de un proyecto de mensajería sin que sepamos hasta dónde esta mensajería tiene sentido de sí misma. No hay totalidad unitaria sin pluralidad unitaria. Y creo que los sueños tienen una genética parecida, porque aunque formen parte de la imaginación y el recuerdo son el recodo de una totalidad desconocida como le es el mandato genético , y persisten de una neurona a otra para al fin al cabo, cuando afloran, hablar a su manera y funcionar psiquiátricamente, psicológicamente incitadas por algún elemento como podría ser el llamado Otelo encarnado en un simpático y tenaz perro sato que habita nuestro pasado y nos alegra la vida con solo rememorarlo. La genética del sueño, de algún modo sugerida por Freud y sus alumnos, es por tanto una forma de vida aletargada dentro de nosotros. Othello, u Otelo, mi perro preferido de la infancia, todavía carga entre sus dientes duros aquella rueda de hierro que lo hacía parecer un levantador de pesas o un luchador de los que trajo al país José Brea Peña, padre del pancracismo dominicano, como ahora dicen, en el “ring” montado sobre el “home” del “play” del Liceo Secundario Presidente Trujillo (LPT). Otelo camina con los colmillos en ristre y shakespearanamente y atacaría aun a quien intentara quitarle de la boca aquel juguete triste, una rueda pesada de hierro de no se sabe qué artefacto perdido en la historia de un mecánico desconocido que tuvo el sueño de fabricar una rueda. Adosado al recuerdo, a la memoria, la genética de esa escena me lleva a otros puntos. Es como el gene que conforma una especialidad de lo vivido. Como aquel hígado hecho de células diferentes a las de otros órganos de los seres que poseen hígados, gandinga divina que necesita de las demás para cumplir con su mensaje. Pensar en ello es retomar lo que fue y encontrar en lo que fue la historia del barrio, con sus locos, sus viudas, sus genios, sus intelectuales, sus deportistas, sus borrachos y hasta las garrochas que inventamos con palos de guayabo, flexibles para “saltar” metas infantiles que nos impulsaban a volar, o para hacer “tirapiedras” usados a veces en guerras donde alguna cabeza enemiga recibió puntadas parecidas a las que les hacíamos a las pelotas de hilo cosidas con certidumbres de araña para evitar que en el juego se deshilacharan. Una cosa es cierta, en la genética de la memoria, como en los recuerdos del gene mismo, hay las otras memorias vicarias, complementarias, las de los que vivieron y gozaron los momentos que vivimos y gozamos nosotros, solo que en cada memoria particular existe un núcleo inicial compartido que da pie al recuerdo de algún modo, diferente de la memoria de todos. La memoria orgánica de lo genético, especializada en cada creación de lo universal, para completarse, necesita de la otra memoria, la que los demás poseen y hacen posible el cuadro total de lo memorable o de lo que aparentemente pétreo vive conformando cambios en lo universal. Como en el relato Rashomon del japonés Akutagawa Rinosouke la experiencia del recuerdo de un mismo hecho, o del recuerdo de un recuerdo, puede ser diferente. Pero el hecho sigue siendo el mismo. Es como lo eleático manifestando su posible contradicción.

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