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El fin de Gadafi

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Silvio Herasme PeñaSanto Domingo

Esta pasada semana el mundo ha visto ñsin asombroñ el terrible final de un soldado que pretendió asumir todas las instancias de su propio pueblo. Revolucionario, impacientó a muchos por su dominio absoluto de los destinos de la nación que llegó a gobernar sin que lo avalara unos comicios democráticos que representara la voluntad mayoritaria de su país. En contraste empleó todos los mecanismos del Estado para eternizarse y eternizar a los suyos en el control absolutista de la vida y propiedades. Nadie debe dudar que logró algunas metas y que el origen de su gobierno no sorprendía en la época que se inició su régimen; destronó a un monarca dispendioso y reconquistó las riquezas de su nación. Eso se pensaba. Con el paso de los años se atribuyó casi las riquezas de su país, del Estado, y se llegó al extremo de pagar espectáculos que costaban millones de dólares para satisfacer la vanidad de jóvenes de la casta que creó. Los dominicanos sufrimos esas penurias. Fuimos testigos de un régimen parecido cuyos usufructuarios se atribuían la propiedad de todas las riquezas que habían sido producidas con el sudor de todos. Pero esas tragedias sociales no duran para siempre, en su debilidad la sociedad acumula fuerzas que no sospecha a veces tener. Se levanta, pelea, mata y muere hasta que finalmente se logra la victoria deseada...la liberación ña veces trágicañ del régimen que se creyó eterno. No es ni más ni menos lo que ha ocurrido en Libia con el gobierno de Muamar Gadafi, jefe absoluto, pretendido dueño absoluto del régimen libio. Se defendió a sangre y fuego, pero a la larga fue asesinado por un mozalbete de 18 años dentro de una refriega final. Ver a ese hombre ensangrentado, agarrado por varios combatientes y finalmente muerto es una lección absoluta en la vida política de los pueblos. No es el primero que cae de esa grotesca manera, pero aspiramos que sí sea el último. En el mundo de hoy en donde el concepto de libertad es tan respetable, ninguna persona puede aspirar a controlar a una sociedad basado solo en la intransigencia, la estulticia y el irrespeto a la vida de sus propios ciudadanos. Gadafi vivió su vida poniendo bombas, fomentando guerras e interviniendo en otras naciones. Quiso convertir al Magreb en un solo país, ignorando las características de esos pueblos, que si bien se trata de una sola gran nación árabe, las características de cada etnia son muy particulares y tienen pleno derecho a trazar sus propios paradigmas. No gustan que otros les imponga sus reglas ni para bien, ni para mal. Prefieren ser autogestores. Este sangriento final de Gadafi debe verse como una lección horrible, pero lógica cuando se cierran todas las puertas del entendimiento y las buenas razones. La llamada Primavera Árabe cuenta ya con tres regímenes autoritarios desplazados del Poder Usurpado. Túnez ñla tierra donde estuvo el viejo Imperio de Cartago destruído por las tropas del Imperio Romano para vengarse de Aníbal, su gran general, reverdece ahora tras un movimiento popular iniciado con la inmolación de un hombre humilde y desesperado. En Egipto cayó el régimen de Mubarah, un oficial de la Fuerza Aérea, que accedió al poder tras la muerte violenta de Al Sadhat, odiado por haber firmado la paz con Israel, tenía más de 30 años al frente del gobierno de ese país y con más de 15 mil presos políticos. El turno le ha tocado a Libia que vivía en vilo soportando a un régimen tiránico y fundamentalista. Aunque ya es otoño los efectos sociales de la “Primavera Árabe” se sienten y estremece a otros gobiernos tiránicos de la región. El posible nuevo escenario parece que será Yemen en donde lleva meses ya el esfuerzo social por desplazar a otro gobierno impopular y tiránico. Las brisas de la libertad se afincan en el Norte de África y no parece que se detendrán ahora. Todos ño la mayoríañ ve con muy buenos ojos estos movimientos sociales a favor de la igualdad de derechos y de opinión. Que siga y no se detenga como un ejemplo al mundo de que los déspotas no caben ya en esta actualidad. Como dije en su momento no lloraría por la muerte de Sadam Hussein ahorcado en Irak... tampoco lo haría por Gadafi. A pesar de todo sí aspiro a que se vaya en paz, si puede.

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