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PANCARTA

El terrible mal del cólera politiquero

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Raúl Pérez Peña (Bacho)columnapancarta@yahoo.com

La opinión pública sigue a expensas de las jugarretas del poder en torno del arrugado tema del cólera, que “viene”, que “no viene”, igual que con las intoxicaciones del desayuno escolar, que se “investigan”, que “hay culpables”, y otras especies que no acaban de aterrizar, con los respectivos responsables. De ahí que debe citarse recurrentemente a quien un buen día exclamó: “He leído tantas mentiras que hoy no creo ni en la verdad”. Una sucesión de tragedias humanas a causa de violentos fenómenos atmosféricos que han azotado al país nos ha dejado cicatrices de impresionantes lecciones envueltas en falsos sentimientos delatados por el tiempo. Lo mismo ha ocurrido con el hermano pueblo haitiano que concentró la atención mundial al registrarse el devastador terremoto el pasado 12 de enero con un desconcertante saldo de víctimas y el más conmovedor panorama de sufrimiento humano. Así que nos han acostumbrado a las peores falsedades detrás de las más variadas y conmovedoras poses. El dengue, el cólera y otras enfermedades no escapan a las garras de los mercaderes de vicisitudes. Como coordenada común que no comulga con consentimientos, late el cólera politiquero, el peor de los virus y de las epidemias. Despertaría curiosidad que una de las vuvuzelas o bocinas asalariadas por el ofi - cialismo, actual o anterior, salga al ruedo a reivindicar gobierno alguno como ajeno al manejo o manipulación de periódicas situaciones calamitosas o tribulaciones. Ahora, como nunca la población luce indefensa ante las oleadas de distracción o engaño que asumen mayor gravedad estando de por medio la consternación colectiva. El poder ya se caracteriza por la dominación tripartita, sin perspectivas a corto plazo de cambios sustanciales, o de emergencias esperanzadoras. Por el contrario, hay ominosas señales de que ciertos riesgos evolucionen a peligrosos caprichos propios del furor de mando atizado por el cólera politiquero. El cólera politiquero no es asunto de un término halado por los moños. Es una verdad latente en la cotidianidad dominicana, que cuestiona el fondo de la cacareada democracia. A los 50 años del asesinato de las hermanas Mirabal y Rufi no de la Cruz, pongamos las cartas boca arriba y mirémonos las caras, a ver qué sale.

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