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PENSAMIENTO Y VIDA

El pecado y la cuaresma

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Francisco José Arnaíz S.J.Santo Domingo

El miércoles con la ceremonia de la imposición de la ceniza la Iglesia ha dado inicio a la Cuaresma. La cuaresma es tiempo de aborrecer nuestros pecados y arrepentirnos de ellos. Sorprende en nuestra generación una notable pérdida de la sensibilidad y conciencia del pecado. A base de teorías peregrinas ha aumentado por todas partes el número de los “amorales” que dicen no sentirse pecadores. De este fenómeno no escapan muchos de los que se dicen cristianos. Curiosa actitud. El pecado es una de las realidades más presentes en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Y el pecado, por supuesto, no meramente como trasgresión del orden ético y como corrupción del ser humano, sino como infidelidad a Dios y rompimiento con él. El mismo término de “pecado” en su raíz etimológica es ya muy significativo. Pecado viene de la palabra latina “Pecatum” que procede de “pecus” bestia. “Pecare” es una contracción de “pecuare” que significa proceder al modo de las bestias, que carecen de racionalidad. La frase es fuerte pero expresiva. Todo pecado es una animalada, una dimisión clara de nuestra condición de seres racionales. Es una degradación. Se entiende así que la sociedad pueda convertirse en una selva. El pecado y su perdón por parte Dios es, por otro lado, una de esas verdades que avanzan progresivamente en su esclarecimiento a lo largo de los libros sagrados de la Biblia. Isaías nos habla así: “La mano del Señor no se queda corta para salvar, ni es duro de oído para oir. Son las culpas del hombre las que se interponen entre él y su Dios. Son sus pecados los que le ocultan su rostro e impiden que le oigamos” (Is. 59, 1’2) En el Antiguo Testamento son varios los términos con los que quiere desentrañar esa realidad que nos aparta de Dios. Los vocablos más veces empleados son: pecado, delito, rebelión, trasgresión, abominación, mancha, falla y esclavitud. Cada vocablo enfatiza una dimensión distinta del pecado y nos muestra su dañino poliedrismo, las diversas caras de una misma realidad. El pecado en sí es corrupción de la persona, perversión de la inteligencia y de la voluntad, perturbación del orden debido y trastorno de las relaciones correctas del ser humano con Dios y con la creación, y de los seres humanos entre sí. Desde el punto de vista psicológico ñtambién moral- el pecado es para el Antiguo Testamento “culpabilidad humana” en virtud del uso irresponsable del gran don de la libertad. Dice sin rodeos el Eclesiástico: “El Señor creó al ser humano al principio y lo entregó en poder de su albedrío. Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad. Ante ti están puesto el fuego y el agua. Echa mano a lo que quieras: Delante del ser humano están la muerte y la vida. Le darán lo que él escoja” (Ecl 14, 13-17). Según el Antiguo Testamento el proceso completo del pecado incluye tentación interna o externa, consentimiento y ejecución . Es paradigmático el pasaje bíblico de Adán y Eva, Génesis cap. 13. El Salmo 38 dice: “Me tienden lazos los que intentan contra mí” (versículo 13). Hay también pecados individuales y pecados colectivos. Como en el bien así también en el mal hay complicidad y actuación vinculada y vinculante. Dice el Salmo 106, versículo 6: “Hemos pecado con nuestros padres, hemos cometido con ellos maldades e inequidades”. Y Daniel oró así al Señor: “Señor, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y eres leal con lo que Te aman y cumplen tus mandamientos: Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y de tus preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas que hablaban en tu nombre a nuestros reyes a nuestros príncipes, padres y terratenientes. Señor nos abruma la vergüenza. Todo Israel quebrantamos tu ley rehusando obedecerte. Por eso nos han caído encima las maldiciones consignadas con juramento en la ley de Moisés, tu siervo porque hemos pecado contra Ti “ (Dan 9, 5.11). El pecado lo es no sólo porque atenta contra el orden establecido por Dios sino también y ante todo porque atenta contra Dios mismo. Todo pecado, según el Antiguo Testamento, incluye infidelidad a la alianza de Dios con uno. Lo pregona así Oseas, haciéndose eco de todos los profetas: “Toca la trompeta, un águila se cierne sobre la casa del Señor porque han roto mi alianza al rebelarse contra mi ley. Me gritan: te conocemos, Dios de Israel pero Israel rechazó el bien. Que el enemigo lo persiga. Se nombraron reyes sin contar conmigo, se nombraron príncipes sin mi aprobación. Con su plata y con su oro se hicieron ídolos para su perdición” (Os. 8, 1-14) El fundamento de todo esto es muy obvio. Dios se siente ofendido cuando se atropella al ser humano. Basta recordar el pecado de David. David comete adulterio con Betsabé. Esta le avisa, después, que ha quedado embarazada. David decide matar a Urías, esposo de Betsabé. Ordena que en el campo de batalla lo coloquen en el lugar más peligroso y Urías muere. Dios manda al profeta Natán a David. Natán, después de exponerle la parábola del rico y del pobre le amonesta:”¿Por qué te has burlado del Señor? Y le habla del castigo que recibirá. El ser humano, de acuerdo al Antiguo Testamento, no hace daño positivo a Dios, pero esto no significa que Dios permanezca indiferente. Job exclama:”Dios es poderoso. No desprecia el corazón sincero, pero no deja con vida al malvado y hace justicia al pobre. No aparta sus ojos de los justos. Los sienta en tronos reales y los exalta para siempre. Sin embargo, cuando los ata con cadenas y los sujeta con cuerdas de aflicción, es para denunciarles sus malas acciones y los pecados de su soberbia. Les abre el oído para que aprendan y los exhorta a convertirse de la maldad.” (Job 36, 5-10) El pecado por dialéctica interna acarrea en determinados casos desgracias terrenas. Después que el libro de los Jueces ha narrado los pecados y muerte de Abimelec, concluye: “Así pagó Dios a Abimelec lo mal que se portó con su padre asesinando a sus setenta hermanos. Y todo el mal que hicieron los de Siquén, Dios lo hizo recaer sobre ellos. Sobre ellos cayó la maldición de Yotán, hijo de Yerubal” (Jueces, 9, 56-57) La historia de pecado, para el Antiguo Testamento, arranca de la desobediencia de los primeros padres y se expande y crece en Israel hasta la elección de Abrahán. El pecado de Jeroboán marca la Monarquía del Norte, y un conjunto de pecados ancestrales sella la del Sur. Con tal planteamiento pretende la Revelación iluminar el profundo misterio de la iniquidad, misterio de la historia: el mal junto el bien envolviendo y penetrando al libre y débil ser humano. Sería poco teológico hablar del pecado en el Antiguo Testamento y silenciar el perdón generoso por parte de Dios. Junto al pecado del ser humano está siempre el perdón de Dios. El Dios del Antiguo Testamento es Dios de indulgencia y misericordia. Resaltando esta realidad dice el Salmo 103: “Bendice alma mía al Señor y todo mi interior a su santo nombre. Bendice, alma mía, y no olvides sus beneficios. El perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades. El rescata tu vida de la fosa y te rodea con su misericordia y su cariño” (versículos 1-4) El ser humano, sin embargo, para recibir el perdón debe reconocer sus pecados, pedir perdón por ellos y cambiar de conducta. El perdón de Dios entonces sepulta el pecado, lava, borra y trasforma. Es paradigmático el salmo 51:!Piedad de mí, oh Dios, por tu bondad, por tu inmensa ternura, borra mi delito. Lávame a fondo de mi culpa, purifícame de mi pecado. Pues yo reconozco mi delito. Mi pecado está siempre ante mí, contra ti, contra ti solo pequé, lo malo a tus ojos cometí. Por ser justo cuando hablas e irreprochable cuando juzgas, mira que nací culpable, pecador me concibió mi madre. Y tu amas la verdad en lo íntimo del ser, en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con hisopo hasta quedar limpio. Lávame hasta blanquear más que la nieve” (versículos 1 al 9). Uno de los temas más reiterativos del Antiguo Testamento es el de la fidelidad de Dios con el ser humano, no obstante su continua e ingrata infidelidad. San Agustín, que fue gran pecador, escribió muy ungidamente: “Hay como dos cosas: el hombre y el pecador. Dios hizo al ser humano y el ser humano hizo de si mismo el pecador, Destruye lo que tú hiciste, para que Dios salve lo que él hizo. Debes odiar en ti tu obra y amar en ti la obra de Dios. Cuando comience a desagradarte lo que tú hiciste, entonces comienzan tus buenas obras porque acusas tus malas obras. El principio de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Obras entonces la verdad y vienes a la luz. No te mimes, no te acaricies, no te adules, no digas “soy justo”, cuando eres malvado y entonces comenzarás a obrar la verdad”.

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