Opinión

Invasión pacífica, una bagatela costosa

Efraín Guerra CarbucciaSanto Domingo

La República Dominicana y su vecino Haití comparten territorio desde hace mucho tiempo, en ocasiones sus habitantes hemos sido enemigos, aliados estratégicos o simplemente vecinos. Históricamente, las relaciones entre estas dos naciones han estado marcadas por la situación heredada de la dominación que por 22 años mantuvo Haití sobre Quisqueya y porque muchos hijos de esa nación aún no renuncian a la consigna de que la isla es “una e indivisible”. Nuestro trato no del todo turbulento, pero sí frío, con el paso de los años mejoró fruto de las contribuciones de ambos países en acuerdos internacionales. La participación en negociaciones de integración y acuerdos comerciales con el resto de sus iguales del Caribe, así como la participación dentro del Convenio de LOME IV, sirvieron para que ambos Estados trataran de cambiar el perfil de sus relaciones. Desde entonces, de “vecinos indiferentes” que habían sido, iniciaron una lenta marcha para encontrar un nuevo esquema que orientara sus relaciones a tono con el nuevo orden internacional. Hubo reacciones importantes que confirmaron esa búsqueda, tales como la visita en 1993 del Primer Ministro de Haití Robert Marval a Joaquín Balaguer en RD; en marzo del 1996, el presidente Preval junto a su homólogo dominicano, en este país establecieron importantes acuerdos bilaterales; en agosto de ese mismo año el Primer Ministro Rosny Smart asistió a la toma de posesión del electo Presidente Fernández, dejando establecidos los vínculos con el nuevo gobierno; y en 1998, Fernández se convirtió en el primer jefe de Estado dominicano que desde mediados de siglo pasado realiza una visita a Haití, se reunió con el mandatario haitiano René Preval. Los logros de estas acciones, dieron inicio a la creación de un clima de confianza entre los haitianos y dominicanos. Durante los cuatro años del presidente Fernández, se le dió continuación a la pauta de la declaración firmada entre Balaguer y Preval y de una segunda firmada entre los cancilleres Carlos Morales Troncoso y Claudette Wereleigh, orientadas principalmente a mayor acercamiento; durante esos cuatro años hubo un gran activismo entre los gobiernos de la isla, continuados durante el período del presidente Hipólito Mejía, quien al tratar del tema de las relaciones de las dos naciones lo llamó “matrimonio sin divorcio”. A pesar de los esfuerzos de mantener una armonía, el tema migratorio ha sido la manzana de la discordia entre ambos países. El bracero haitiano, aparte de ofrecer beneficios tangibles para los gobiernos y sus allegados, su importación fue un recurso para reducir costos mediante el uso de la llamada mano de obra barata y es con ella que se da inicio a la llamada “invasión pacífica” de sus pobladores hacia la parte este de la isla. Serán cientos de miles, quizás millones, la idea es vaga sobre la cantidad exacta de haitianos que viven en República Dominicana, es difícil saberlo, pero se estima que representa más del 10% de nuestra población. Lo que si conocemos es que el haitiano es el nuevo manisero, el vendedor de cocos y caña, el friero, el vendedor de forros de celulares, el frutero, el limpiabotas, el heladero, el sereno, el trabajador de la construcción, el jardinero, el sirviente, el agricultor, el lavador de carros, el mozo, el bailarín, el profesor de inglés y francés y el pordiosero de las esquinas, con niños en los brazos. De cada 15 partos que se realizan en los hospitales públicos dominicanos, doce son de madres haitianas y el Estado y todo el pueblo dominicano asumen ese altísimo costo. Existen áreas en este lado de la isla donde sólo se habla Creole y no tan sólo a lo largo de la frontera, es en toda la geografía nacional. El fruto de la labor de estos trabajadores le garantiza el sustento en su país a cientos de miles de familias haitianas, aportando un importantísimo respiro a su precaria economía. Reconocemos que es natural que se produzca la migración de un país de crecimiento anual cero, a uno que lo tiene por encima de 8 por ciento, reconocemos, que somos su meta, representamos el alivio a sus necesidades perentorias, pero nosotros no podemos solos con esa carga tan pesada y el hemisferio se ha olvidado en la forma en que viven nuestros vecinos y somos 191 países que conformamos la ONU, pero somos los malos, vivimos sometidos constantemente al descrédito por organismos internacionales, porque con esto desvían aunque sólo sea de momento, la obligación de los que tienen más de ir en ayuda hacia los que tienen menos. Nosotros somos un pais con mínimas posibilidades y estamos ayudando; ¿qué esperan las naciones poderosas para asumir su responsabilidad en este caso?

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