De cerca
¡No quiero ser una mujer empoderada!
Enfoque
- Yo no quiero ser empoderada si eso significa renunciar a la galantería, a la cortesía de un hombre que abre la puerta del automóvil o sostiene la mano al subir una escalera.
Celeste Pérez.
En tiempos donde la palabra empoderamiento parece haberse convertido en una consigna que toda mujer debe enarbolar, confieso que hay días en los que no quiero ser empoderada. Quiero, simplemente, ser mujer. Ser apoyada, añoñada, sentirme amada…
Es verdad, con esfuerzo y determinación las mujeres hemos aprendido a ocupar espacios antes reservados a los hombres. Y eso está muy bien. Hemos conquistado derechos, posiciones y una voz más firme en los espacios donde antes éramos invisibles. Pero en medio de ese legítimo avance, me pregunto si no estaremos olvidando algo esencial: lo bien que se siente ser consentidas, la dulzura de permitirnos ser cuidadas sin sentirnos menos por ello.
Aplaudo a quienes han decidido estudiar, trabajar, progresar y construir independencia. Pero también es valioso tener tiempo para arreglar la mesa y recibir a los nuestros, para disfrutar de la sencillez de un gesto cotidiano. Ser sabias implica también saber cuándo quitarnos la capa, dejar de pensar que somos invencibles y concedernos el permiso de descansar. La mujer moderna no necesita demostrar fortaleza a toda hora; necesita equilibrio. Ese punto en el que su ambición profesional no apague su esencia femenina, ni su ternura sea interpretada como fragilidad.
Yo no quiero ser empoderada si eso significa renunciar a la galantería, a la cortesía de un hombre que abre la puerta del automóvil o sostiene la mano al subir una escalera. No quiero que el empoderamiento me prive del encanto de recibir flores un martes cualquiera, o del gesto amable de mi pareja cuando me invita a cenar y paga la cuenta con naturalidad.
Tampoco quiero ser empoderada si eso implica dejar de disfrutar el placer de tener una casa arreglada y cuidar las plantas como mi madre o mi abuela, de preparar un dulce con amor o de andar en pijama y sin maquillaje por toda la casa, siendo simplemente yo.
Pido perdón a quienes piensan que no lloro o que no me equivoco: lo hago a diario. No soy empoderada si este concepto simboliza ser perfecta. Muchas más veces de las que la gente imagina, solo quiero estar en la cama escuchando música, leyendo un libro o disfrutando un vino junto a mi esposo. En esos momentos no quiero sentirme empoderada, solo sentirme amada.
Quizás el verdadero empoderamiento no sea competir con los hombres, sino convivir en equilibrio con ellos. No se trata de imponer, sino de coexistir desde la libertad. De reconocer que podemos ser exitosas sin perder la dulzura, independientes sin perder la ternura, y fuertes sin dejar de ser amadas. Porque el poder de una mujer es la libertad de elegir cuándo brillar, cuándo descansar y cuándo, simplemente, dejarse abrazar.
¡Hasta el lunes!