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De Cerca

El funeral del príncipe Felipe: no todo es lo que parece

Seguí de cerca el funeral del príncipe Felipe. A nadie le debe extrañar, muchos saben que soy seguidora de la realeza. Admiro la forma elegante en la que llevan el protocolo de cada actividad. Aprendo y me encanta. Lógicamente, si tuviera la oportunidad cambiaria algunas cosas, confieso que muy pocas.

Este fue, sin duda, uno de los eventos más tristes y solemnes. Igual al día del funeral de la princesa Diana, cargado de significativos detalles. En la realeza nada es casual, la elección de cada elemento o el movimiento de cada paso, responde a una estrategia y busca comunicar un mensaje.

Es mejor no juzgar

Es fácil hacer juicios ante ciertas actitudes de la reina Isabel y su familia. Cómodo, porque uno no conoce a fondo la realidad y todo lo que implica estar ahí, rodeado de una presión mediática insaciable, con frustraciones como cualquier ser humano, con dolor, con sentimientos de tristeza, de culpa, de engaño, con preocupaciones, hambre, cansancio o sueño, de buen o mal humor, como cualquiera de nosotros. Por eso no es justo adelantarse a emitir juicios.

Cuando leí que la Reina había dispuesto que sus nietos William y Harry no caminarían juntos tras el féretro de su abuelo y que se sentarían distanciados en la capilla San Jorge, como a muchos, me dio pesar, pensé que los nietos del Felipe no estarían juntos por los conocidos problemas entre ellos y que esta decisión los alejaría más.

Al ver las imágenes de la ceremonia comprendí que, en realidad se trataba de un matiz protocolar: los lugares de la procesión fueron otorgados de acuerdo a la jerarquía, es decir, por el orden de nacimiento de cada miembro de la familia. En la primera fila su hijo primogénito, el príncipe Carlos, del lado derecho, y detrás de él su hermana la princesa Ana, del lado izquierdo, detrás de ellos sus hermanos menores Eduardo y Andrés, y después los primeros hijos primogénitos de cada hijo de la Reina.

Todos iguales

Permanentemente leyendo, tras la muerte del duque de Edimburgo, me enteré que se había dispuesto que solo treinta personas acudirían al funeral como medida para evitar la propagación de la pandemia, lo entendí prudente.

Luego, supe que la Reina había decidido que ninguno de los miembros de la familia real usaría uniforme militar ¡En un evento tan importante donde deberían lucir ropa militar de gala! Un pensamiento a la ligera del cual me arrepentí cuando se hizo público que, la monarca concluyó que cada miembro vistiera ropa de civil de color negro porque con la abdicación de Harry a la realeza y la salida de la vida pública del Príncipe Andrés de York, ninguno puede volver a usar su ropa militar en actos oficiales. Es así que, para evitar diferencia en un momento tan difícil y doloroso, ella entendió que lo correcto era ignorar un protocolo que podría complicar la relación familiar, que ya de por si esta lastimada. Por supuesto, ahí no decidió la Reina, lo hizo la abuela con un corazón amoroso.

Un príncipe planificado

La prensa especializada ha hecho hincapié en que todos los detalles del funeral fueron planificados por el mismo duque de Edimburgo. Entre sus deseos para ser despedido, un gesto afectivo de gran significado me impactó mucho: en su carruaje, que formó parte de la procesión, además de su gorra y sus guantes, dejó una pequeña caja de color rojo donde solía llevar azucarillos que les daba a sus ponis como premio. Todo aquel que ama y protege a los animales tiene un corazón lleno de bondad.

El Príncipe también ayudó a diseñar el Land Rover que llevó el féretro con sus restos mortales a la capilla. Y eligió cada una de las canciones de la ceremonia, todas con un significado especial porque representaban, además, un momento importante de su vida. Este gesto habla de alguien que no teme a la muerte porque se siente humano y sabe que es inevitable.

Tristeza y dolor

La Reina triste y cabizbaja llegó a la capilla. No recuerdo nunca haberla visto tan afectada. Ella es una mujer fuerte, que siempre se ha mantenido serena. Al comenzar la procesión del ataúd de su fallecido esposo, se limpió las lágrimas con discreción dentro de su auto mientras seguía el féretro detrás de su familia.

Sola, sentada en su lugar habitual, las cámaras de televisión no se enfocaban en ella, imagino que, por acuerdo y respeto. Pero su tristeza no podía ocultarse. Recordemos que, tras 73 años de matrimonio, la reina Isabel se enfrentó a uno de los momentos más tristes y difíciles que puede protagonizar una esposa: la despedida de su consorte, el príncipe Felipe.

Este miércoles 21 de abril, la monarca cumple 95 años, una fecha que la encuentra sola, lejos, físicamente, del hombre con quien se casó siendo princesa, y a quien despidió con lirios blancos y una carta escrita a mano. La muerte del príncipe Felipe la deja sola en el ocaso de su reinado, con una familia que necesita ser reconstruida tras el perdón. Oremos por ella.

¡Hasta el lunes!