Tribuna abierta

El último adiós sin parafernalia social

FiorD´Aliza Alcántara

Recuerdo que cuando era niña no entendía la muerte, las personas las llevaban a las casas, le ponían cuatro velones y todos se paraban al lado del ataúd a mirar el fallecido, siempre me llamada la atención la variedad e intensidad del  llanto,  como niña curiosa solía ir a la mayor cantidad de funerales que se realizaban en mi comunidad, recuerdo las personas lloraban con desesperación, mientras yo me preguntaba “para qué lo miran, si verlos los hace llorar tanto’’.  Me llamaba poderosamente la atención de la variedad de los rituales, preguntaba a mi mamá porque lloraban de forma diferente las personas, a lo que ella respondía con todo un catálogo dependiendo la procedencia del difunto: Si son de tal lugar esa gente no tienen sentimiento, si lloraban pausado no tenían los dolientes, en cambio, si le lloran fuerte y parecían querer morirse con el difunto, mamá decía que esa familia tenía vergüenza. En realidad, nunca entendí el llorar mucho o poco con la vergüenza. Lo que sí aprendí a través del tiempo, es el valor de estar unidos a los demás durante una pérdida.

Un enemigo invisible nos cambió temporalmente la manera de decir adiós. El Covid-19 nos arruinó la tradición, nos robó el último momento, las ultimas miradas a nuestros seres queridos, es que muchas veces esos seres amados se nos iban y nos quedaba el consuelo de llegar al cementerio y despedirlos, o quizá teníamos la dicha de ver su rostro por última vez al momento de la inhumación, todo ha desaparecido, esa despedida de amor que significaba un antes y un después, y destacaba en muchos casos el liderazgo o no de la familia o el difunto, dependiendo de  cuántos y quiénes asistían al funeral, el estatus de los invitados, el ritual de misa o culto, y escuchar esas  famosas  canciones, himnos  o alabanzas  que indicaban el fin de la velación e inicio del sepelio. ‘Cuando allá se pase lista’, ‘Amigos’, ‘No es un adiós sino hasta luego’, ‘Tú has venido a la orilla’, ‘Paz en la tormenta’ y sin duda la más emblemática de los últimos tiempos, ‘Yo te extrañaré’.

¿Quién nos iba a decir que ante una perdida nos estaríamos físicamente unidos a nuestros familiares?, es que ya todo pasa en un abrir y cerrar de ojos, y nos toca adaptarnos, buscar recursos de apoyo si es preciso, despedirnos en la distancia y aprender a secarnos nuestras propias lágrimas, buscar nuevas formas de  vincularnos de manera virtual, renacer ante y durante la adversidad, quizá como ese guerrero al final de la batalla se descubre así mismo y puede percibir una mágica experiencia.

Tristemente esta nueva realidad nos está enseñando a replantearnos la vida, a resignificar el valor del tiempo, a aceptar que amar, vivir, y sentir es tarea de hoy, ya no se vale aferrarse a lo que fue, vivir para mañana, a través de todos estos cambios el Covid-19 nos dice que el único tiempo es ahora y el mejor día es hoy, no se vale guardar las risas, los afectos, los reconocimientos hacia nuestros seres amados para entregárselos un día, porque ese día puede no ser, ese abrazo físico puede no ocurrir  y esas palabras cargadas de emociones pueden no ser escuchadas.

El Covid-19 de repente puede ser el gran amigo que llegó para enseñarnos a reencontrarnos, a buscar el  momento, a cimentar recuerdos en vez de sueños, a desconectar el espacio, pero no la vida, y a construir una nueva tradición más coherente,  centrada en lo que soy y lo que somos, lo que sentimos y decimos, lo que quiero y lo que vivo…o simplemente, a vivir, sentir, expresar y dejar ir de la forma más simple y natural, sin parafernalia social.

 La autora, Fior D´Aliza Alcántara, es Psicóloga Clínica y Social/Terapeuta emocional.