MEMORIAS DE VIAJE

Fuerte de San Gil, un escenario de lucha

  • Fuerte de San Gil. Foto de Alexis Ramos B.

Carmenchu Brusíloff
Santo Domingo

Sobre el arrecife hacia el Mar Caribe resalta la silueta del Fuerte de San Gil, a escasa distancia del monumento a la independencia financiera. De sus muros originales, sin embargo, apenas queda parte de los que formaron la base del desaparecido baluarte.

Es que el bastión antiguo se mantuvo en pie completo hasta 1887, cuando el 29 de mayo, a las 11:30 de la mañana, se desplomó con gran estrépito. Y sus piedras sueltas fueron desapareciendo como material de construcción de nuevos edificios. El fortín que ahora miro de frente, mientras mi hijo Alexis busca un ángulo para fotografiarlo, es una reconstrucción realizada en 1990.

Mi imaginación se transporta al día en que fue colocada la primera piedra: 5 de agosto de 1543, día de Santo Domingo de Guzmán, patrón de la ciudad. Tal como era tradicional en aquellos tiempos, antes de colocarla echaron en el hoyo varias monedas de oro: doblones de Castilla que apenas duraron una noche: un vivo se encargó de desenterrarlos. Lo cuenta María Ugarte en su libro Fortificaciones coloniales de Santo Domingo.

Dado por muerto

Este bastión que hoy plácido se extiende a un lado de la Avenida George Washington, fue en 1802 escenario de la valentía de un coronel criollo, Juan Bravo, que se apoderó del fuerte en lucha contra los militares haitianos. Intentaban proteger a las tropas francesas que habrían de desembarcar para ayudar a los criollos a expulsar de la parte española a los haitianos.

El empeño, sin embargo, fue inútil pues una gran tormenta, explica Ugarte, impidió el desembarco. De tal contienda, la tradición recuerda un suceso excepcional: el de Eugenio Romero, un dominicano que herido gravemente en dicho intento fue salvado de sufrir represalias mediante el ardid de un médico, el doctor Bartolomé Segura, que certificó su defun ción.

Lo narra Joaquín Balaguer en su Guía Emocional de la Ciudad Romántica. Lo condujeron hasta la plaza de la Misericordia y allí enterrado ‘con extraordinarias precauciones’. En la noche fue extraído de su improvisada sepultura y llevado a una casa de la antigua calle de Colón, entonces calle de las Damas, en donde permaneció oculto hasta su curación. (Este caso inspiró una décima al repentista Meso Mónica).

Décima de Meso Mónica: ‘Con uno ya moribundo/hizo la muerte un convenio/-Levántate –dijo-, Eugenio, /que haces mucha falta al mundo.; /por tu valor sin segundo llevarte ahora no quiero; /sepa el tiempo venidero/que en tierra fuiste sembrado, /y, con tu sangre regado, /has florecido, Romero’.