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La Vida miércoles, 31 de julio de 2019

TERCER CAMINO

Sin mirarnos la cara

  • Sin mirarnos la cara
Lavinia del Villar
lavinia375@hotmail.com

Por designios de Dios o circunstancias de la vida, me tocó hace poco hacer un largo viaje en el cual de ida y regreso visité seis aeropuertos.

Los viajes siempre significaron para mí una oportunidad para conocer gente nueva, reconocer similitudes y diferencias de sitios, ocasiones y personas, experimentar coincidencias que provocan encuentros inesperados, y encontrar algunas caras que  a veces se convierten en amigos de un día. En esos contactos de tránsito, he encontrado cirineos que vigilen mi equipaje mientras busco un café, o samaritanos que me regalen una frase de amor cuando en la espera del abordaje se deslizó una lágrima por la pérdida de un ser querido.

Todo cambió
Esta vez todo fue diferente. ¿Cuándo cambió la vida? ¿Dónde me desmonté que no noté que algo hipnotizó al ser humano y lo volvió indiferente a la presencia de los demás?

Búsqueda de un rostro afable
En mi sillón de espera me sentí invisible, buscaba un rostro afable que por lo menos me regalara una sonrisa para creer que alguien notaba que yo estaba ahí, pero supe que las personas no habían cambiado en esencia, sino que la tecnología había arropado su consciencia transformando la acción de socializar en un verbo impersonal, que ahora significa compartir cosas, no afectos.

Dos anormales
En uno de esos aeropuertos, me encontré dos anormales, no porque miraban a su alrededor, sino porque su mundo era distinto al de los demás: un joven leía un libro, y una señora tejía; los otros, los lamentablemente normales, usaban su celular, tableta o laptop, para hablar, chatear, jugar o trabajar, sin notar que cerca de todos un bebé lloraba y una señora mayor, con celular y todo, apenas podía respirar.

Sin mirarme la cara
A pesar de todo no me puedo quejar, porque cuando se me dificultó colocar mi bulto de mano en el compartimiento del avión, interrumpí a alguien y conseguí ayuda, aunque cuando agradecí el gesto, recibí un “a su orden”, pero sin mirarnos las caras.