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La Vida miércoles, 21 de noviembre de 2018

FOLCLOREANDO

Un tiempo con los Larko (1 de 2)

  • Un tiempo con los Larko (1 de 2)
Xiomarita Pérez
xiomaritabaila@gmail.com

Antes de la llegada de los Larko estuve preparando nuestro hogar, de tal forma que esos nietos, juntos a mis otros dos, pudieran andar y desandar por todos los rincones de mi refugio folklórico. Quité la mesa que estaba en el centro de la sala, en la que tengo aldaba, planchas, libros, bacinillas, retratos y otros corotos de los que amo con mucha pasión. Solo dejé en un lado la sillita de “ingreso” y de “egreso” que usaban los niños en los campos y pueblos del país y todos los muebles que estuvieran pegados a la pared.

En la habitación, donde tengo la oficina, recogí unas cuantas cosas. Arriba, donde funciona la escuela de baile dejé todo como estaba, total, ellos iban a hurgar, tocar, bailar y todo lo que le pareciera extraño lo iban a bajar para socializarlo con sus padres y primos. ¡Estaba ansiosa de que llegaran! Noah, que se fue de un año y no recuerda nada, y Leah, que nunca había estado en la casa de la abuela desde que nació hace dos años y medio, estuvieron anestesiados desde que subieron la escalera común. Los esperé arriba y ni me hicieron caso viendo tantas cosas “extrañas” juntas, no habían visto una casa tan atípica, llena de colorido, corotos, tereques, cachivaches y con poco espacio en la sala. Leah y Noah le dieron un vistazo rápido y subieron al otro gran espacio de la escuela de baile y museo, salieron al área de la azotea, divisaron los edificios circundantes y luego se sentaron en los muebles de hierro pintados de blanco, propios de una época que recuerda su abuela materna. El espacio que más les gusta a mis cuatro nietos es el que está en el medio del balcón y la sala, donde reposa una colorida hamaca colombiana donada por Emelyn Baldera y que no cesó de trabajar, eso era “fuin fuan fuin fuan”. Cada vez se mecían más fuerte, y mientras mis hijas les decían que se mecieran más despacio, porque se podían caer y dar un golpe, la abuela respondía desde la cocina: “Dejen que se realicen”. Esta es la única forma en que los muchachos se desarrollan y es un decir que se ha catapultado en el idiolecto de la abuela.