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La República viernes, 18 de noviembre de 2022

Análisis

Haití y la involución de la República Dominicana

  • Haití y la involución de la República Dominicana
  • Haití y la involución de la República Dominicana
Luis Manuel Piantini M.
Santo Domingo, RD

En noviembre de 2005 publiqué en el diario Hoy, un breve ensayo sobre el surgimiento y la evolución de las relaciones entre los dos pueblos que componen esta isla. En este ensayo afirmé que la República de Haití ya tenía las características en su comportamiento y estructura funcional de ser lo que se ha denominado un Estado Fallido, cuando un país ha caído en el desorden completo y no puede valerse por sí mismo para ser gobernado como país independiente para lograr el bienestar y seguridad de su población.

También expliqué los varios mecanismos jurídicos existentes en el derecho internacional para enfrentar el problema y buscar una solución definitiva con la intervención de la comunidad de países, que le permitiera crecer y desarrollarse logrando un estable ambiente de convivencia y crecimiento en el desarrollo humano de su población. Hoy, en noviembre 2022, vemos que ese pueblo ha llegado al fondo de su propia devastación con un abandono tan grande de los países desarrollados que recuerdan aquel rumor de los años noventa de que iban a preferir una unión de los dos pueblos, vía la invasión pacífica de los haitianos del territorio dominicano, que cargar con el enorme peso de lograr la estabilidad política y financiera de Haití.

Esos países desarrollados pretenden que sea el pueblo dominicano el que cargue al final con el enorme costo del pueblo haitiano, asimilando su población al territorio dominicano. Lo que convertiría al pueblo dominicano en lo que es hoy el pueblo haitiano, a medida que se degrade en su desarrollo humano y cultural provocando la devastación total de la isla.

A partir de aquí el ensayo publicado en noviembre 2005.

Origen de Haití

Los orígenes de lo que más tarde se conoce como República de Haití, se remontan a las llamadas Devastaciones de Osorio en 1605, cuando este Gobernador por instrucciones de la Corona por una Real Orden del año 1603, destruyó los núcleos de poblaciones españolas asentados en la costa norte y región occidental de la isla, permitiendo de esta forma la lenta ocupación de esa región por ingleses, franceses, holandeses y de otras nacionalidades europeas, pertenecientes a grupos de bucaneros, filibusteros, corsarios y demás aventureros y traficantes de moda.

El descubrimiento de otros territorios más ricos en América, cuyos conquistadores zarparon de la Española, fue despoblando su territorio y terminó prácticamente siendo abandonada a su destino por la Corona.

Con el Tratado de Nimega de 1678, entre Francia y España, ésta última la cede a la primera la Isla Tortuga, que había sido ocupada por aventureros y traficantes 25 años después de las devastaciones, levantándose un acta en la ciudad del Cabo (Haití) en el 1680, donde se traza una línea provisional en el río Rebouc (de donde viene la palabra rebú por los líos de posesión territorial que se armaban) hoy Guayubín, que divide la región norte de la isla en dos partes.

El Tratado de Riswick de 1697 confirma las posesiones territoriales del Tratado de Nimega, sin mencionar a la isla, aunque historiadores haitianos consideran que trazaba la línea divisoria definitiva de la isla entre el territorio español y el francés. Antes, en el 1689, los franceses (cuyo núcleo poblacional había predominado sobre los otros en la parte oeste) habían saqueado con ferocidad a Santiago, y en 1691, los españoles derrotaban a los franceses en la llamada Sabana del Rey.

La lucha territorial impulsada por la cada vez mayor penetración y ocupación de los franceses de la parte española, origina la firma de El Tratado de Aranjuez entre España y Francia en el año 1777, que le da carácter definitivo a la división territorial en los años 1731, 1773 y 1776 que habían acordado provisionalmente los Gobernadores de ambas partes, donde se trazaba una línea desde el río Dajabón hasta el Pedernales, diferente a la que hoy se conoce, pues la misma hacía una mayor penetración en el hoy territorio haitiano.

En 1795 por el Tratado de Basilea, España cede a Francia la parte española de la Isla de Santo Domingo, estimulando al General haitiano Toussaint Louverture a tomar el control de toda la isla en el 1801, acción que precipita la decisión de Napoleón Bonaparte de enviar a su cuñado el General Leclerc a someter a Toussaint a las órdenes de Francia y retomar el control de la isla.

Colonia, Independencia y Ocupación

Haití era la colonia más rica de Francia traficando con esclavos africanos hacia la isla. Entre 1750 y 1789 llegaban hasta 30,000 esclavos por año, lo que le proporcionaba abundante mano de obra a costo ínfimo para explotar sus ricas plantaciones agrícolas y ganaderas, produciendo a gran escala, azúcar, algodón, café, añil, cacao, campeche, ron y cuero. La población se dividía en blancos grandes (ricos o funcionarios), blancos chicos, mulatos o libertos, negros criollos y negros africanos.

Leclerc deporta a Toussaint hacia Francia, impone su autoridad bajo el terror, pero muere a consecuencias de la fiebre amarilla en el 1802. Dessalines sustituye a Toussaint aglutinando a los rebeldes, derrota a los franceses y proclama la independencia de Haití en el 1804. Mientras tanto el general francés Ferrand, quien sustituye en el mando a Leclerc se retira hacia la parte este, restablece la esclavitud y traza de nuevo la línea divisoria de la isla.

Dessalines penetra la parte este, cerca a la ciudad de Santo Domingo, pero se entera por los ingleses que una flota francesa se dirige hacia Haití y retorna de nuevo a la parte oeste masacrando a la población española e incendiando sus poblados, y se declara Emperador en Puerto Príncipe con el nombre de Jacques I. En el 1805 Dessalines introduce en la Constitución que la isla es una e indivisible bajo el dominio del ese Estado.

Mientras tanto los franceses permanecen en la parte este de donde son expulsados por sus habitantes con el concurso de los ingleses en el 1809. Luego de la derrota de Napoleón, Francia por el Tratado de París en el año 1814, le reconoce y la retorna a España la parte este de la isla, excluyéndole las poblaciones de San Miguel y San Rafael que habían sido ocupadas por los haitianos.

La pésima administración de la colonia española promueve un movimiento independentista encabezado por José Núñez de Cáceres, expulsando a sus autoridades en el 1821, con el propósito de unirla a la Gran Colombia.

La proclamación de independencia de Núñez de Cáceres sirve de pretexto al presidente haitiano Jean Pierre Boyer a invadir la parte este de la isla y tomar posesión de ella, unificándola al Estado Haitiano durante 22 años.

Para esa época, de la segunda década del Siglo IXX, la población de la parte española se estimaba entre 70,000 y 125,000 habitantes, mientras la de Haití se estimaba en unas 600,000, cuyo ejército tenía más de treinta años de estar guerreando en luchas intestinas o contra el ejército francés o el ejército inglés.

Luego del asesinato de Dessalines le suceden Petion y Christophe, quienes dividen la joven República en norte y sur, unificada nuevamente por Boyer, quien gobierna Haití por 25 años.

República Dominicana

Al cabo de 22 años de dominio haitiano sobre la totalidad de la isla, un grupo de patriotas de la parte este, agrupado en el movimiento separatista de la Trinitaria y dirigidos por Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Mella, proclaman la separación de esta parte de la isla con el nombre de la República Dominicana.

Durante 12 años el pueblo luchó contra las invasiones haitianas defendiendo su independencia política, sus costumbres y acervo cultural, estableciéndose una línea divisoria con la ocupación territorial de las tropas de ambas naciones a partir del 1856. Esta línea no es la conocida en el presente, pues posteriormente fue objeto de nuevos trazados en negociaciones entre los Estados.

A partir de la independencia, Haití se fue empobreciendo paulatinamente, debido a sus luchas intestinas, por la incapacidad de su clase dirigente en consolidar su democracia, libertades públicas y creación de riqueza. Desde su independencia, Haití ha vivido entre el caos, las intervenciones extranjeras y las dictaduras, con efímeros episodios de vida democrática.

Por otra parte, la República Dominicana durante los primeros veinte años de su independencia, tuvo que luchar contra las invasiones haitianas y la anexión a España, pero también hasta un pasado reciente, vivió entre el caos que desataban las luchas políticas de los pequeños caudillos, prolongados gobiernos dictatoriales y dos invasiones extranjeras durante el pasado siglo.

No obstante, a pesar de prolongados períodos de similitud entre ambos Estados en sus comportamientos políticos, la República Dominicana durante el pasado siglo, inició un mayor progreso económico debido a la prolongada permanencia de sus gobiernos de fuerza, permitiendo aplicar políticas económicas y de estado más estables y coherentes, y al restablecimiento y consolidación de un período de alternabilidad democrática que se ha mantenido durante cuarenta años, siendo uno de los regímenes democráticos más viejos de la América Latina, logrando que la Nación Dominicana vaya progresando económicamente y consolidando el sistema democrático y el respeto a las libertades públicas.

Luego de ser la colonia más rica de Francia, Haití, uno de los países más densamente poblados del mundo, se ha convertido en el país más pobre del hemisferio occidental, con un ingreso anual por habitante de US$360 (el de la República Dominicana es de unos US$2,200), y cuyos indicadores de desarrollo humano se comparan con los de los países más pobres del mundo.

Según un informe del Banco Mundial del año 2002, “las dos terceras partes de su población total (8.3 millones) vivía debajo de la línea de la pobreza (80% en el área rural que comprende el 62% del total de población). El 97% de su territorio estaba desforestado. La mitad de su población adulta era analfabeta y menos de la cuarta parte de los niños rurales asistía a la escuela. La tasa de mortalidad materna e infantil era de las más elevadas del mundo y la mitad de la población carecía de acceso a los servicios de salud. Menos del 40% de la población tenía acceso al agua potable y los servicios de desagües sanitarios eran casi inexistentes. La Malaria, Tuberculosis y el SIDA son los mayores problemas de salud.”

Según el mismo informe, la incidencia del SIDA es estima en ser tan alta como el 12% para la población urbana y del 5% para la rural, una verdadera catástrofe humana en nuestra propia frontera. Y estos indicadores son anterior al actual período de desastre político y económico.

No podemos cargar con Haití.

Los dominicanos no pecamos de ingenuos cuando le exigimos a los Estados Unidos, Francia, Canadá y a la Comunidad Internacional en la ONU, en la OEA y en todas las Cumbres adonde acude nuestro presidente y su Canciller, que la República Dominicana, un país de ingreso medio bajo con deficientes indicadores de desarrollo urbano, no puede de ninguna manera echar sobre el hombro de su población el enorme costo de sostener al pueblo más pobre del mundo. Esa acción, de imponérsenos por inacción de aquellos que evaden su responsabilidad internacional, convertirá a nuestro país en otro Estado Fallido, lo que nunca, pero nunca podemos permitirlo.

Robert Cooper, Asesor Especial del primer ministro Británico Tony Blair, en su libro “The Breaking of Nations” señala en su página 17 que “Nadie quiere pagar el costo de salvar de la ruina a países distantes”. Esta lapidaria afirmación debe de ponernos en atención para que no se pretenda que la actual fuerza internacional en Haití abandone su suelo bajo el argumento que cumplió su misión con el establecimiento de un gobierno electo en un país donde estos regímenes son de efímera existencia terminando abruptamente en otro caos mayor. La permanencia de esta fuerza por un período prolongado unido a un apoyo sustancial de ayuda técnica y monetaria por los organismos internacionales y los países desarrollados como medio de construir su institucionalidad y la infraestructura física y de desarrollo de sus recursos humanos, es la única forma que le garantizara al pueblo haitiano salir de su lastre histórico y el dominicano evitar caer en igual situación de ruina.

La revista especializada, Internacional Security, en su edición de Otoño del 2004, trae un interesante trabajo de la autoría de Stephen D. Krasner bajo el título “Soberanía Compartida: Nuevas Instituciones para los Estados Fallidos y Colapsados” donde realiza un enjundioso análisis comparativo de los casos de estados fallidos y las políticas aplicadas para su superación, concluyendo en que para enfrentar con éxito los desafíos de construir un Nuevo Estado, la puesta en vigencia de un Fideicomiso de Facto o de una Soberanía Compartida entre el Estado y Organismos Internacionales limitando las áreas de acción entre las partes, son las que darían los mejores resultados para garantizar la paz y prosperidad definitiva a la población vacunándola del desorden, del caos y de los malos gobiernos.

Las recientes manifestaciones aquí en Los Llanos con inmigrantes haitianos, y en la Francia, madre de los derechos humanos, con los africanos, son campanadas que nos deben mantener en alerta para poner en práctica programas que creen trabajo digno para los residentes marginales de este suelo, a la vez de tomar acciones drásticas que detengan definitivamente la costosa y peligrosa inmigración haitiana, que más que ayudar a nuestro desarrollo ha impedido una mayor tecnificación y modernización de nuestros procesos productivos, encontrándonos el DR-CAFTA, con modelos que descansan en baja calidad de la mano de obra, bajos niveles de capitalización y productividad, sosteniendo nuestra capacidad competitiva en deprimidos costos salariales, que impiden el desarrollo de una dinámica economía de mercado y mantienen en la exclusión y la marginalidad a una amplia porción de nuestra población.

El progreso de la sociedad haitiana será nuestro progreso, su ruina será nuestra ruina y tumba como Nación. Por eso, no hay otro país en el mundo al que le importe más que al nuestro el devenir en todos sus aspectos de la República de Haití. Pero la República Dominicana no ha sido la culpable de lo que ha acontecido y de lo que acontece en Haití. Esa culpabilidad recae en sus dirigentes políticos que han sido incapaces de dirigir a su pueblo hacia el bienestar y el progreso.

Por eso en las presentes circunstancias, el deber ineludible del Estado Dominicano es inocular a su población de los males peligrosos, que se están esparciendo y comienzan a incubarse y a transmitirse en la misma y en su tejido social, de seguir permitiendo el ingreso del rápido flujo migratorio hacia nuestro territorio: enfermedades que afectan no solo a nuestra población y al gasto público sino a la actividad turística; marginalidad que genera conflictos sociales; deforestación que aniquila nuestro suelo y agua potable y degrada nuestro medio ambiente poniendo en peligro nuestra supervivencia como nación y población que desplaza a nuestros obreros y campesinos de sus medios laborales.

Por tanto, el Estado Dominicano debe de exigirle a la Comunidad Internacional el apoyo financiero necesario, ya sea a través de programas de donaciones o de condonación de deuda, para poder enfrentar el enorme costo que representa el absorber tan enorme flujo migratorio que hoy residen en su territorio, en menos cabo de los indicadores de los Objetivos del Milenio y del desarrollo económico y social de su pueblo.


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