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La República viernes, 15 de enero de 2021

Enfoque

La salud de entonces

  • La salud de entonces
Marino Vinicio Castillo Rodríguez
Santo Domingo, RD

 Los pueblos de aquellos tiem­pos, claro está, eran menores; el mío tenía un hospital originalmente en lo que había sido un cuar­tel de tropas norteameri­canas de ocupación y lue­go se construyó el San Vicente De Paul.

Tres médicos, directo­res fundamentales, se en­cargaron de ofrecer desde esos centros servicios in­mensos a la comunidad; la única condición exigi­da para ingresar en ellos era estar enfermo, sin im­portar las demás condicio­nes del paciente. Hasta los mendigos eran asistidos.

Tejada, Rojas y Ovalle, sucesivamente, a medida que el pueblo crecía, fun­daron clínicas privadas. Pero, llamaba la atención el hecho de que su consa­gración al servicio públi­co permanecía idéntica. Tejada se había especiali­zado en Alemania como cirujano de grandes des­trezas; Rojas llegaba des­de Moca con menciones muy favorables de su ca­pacidad; pero fue Ova­lle el que a mí me pareció siempre más paradigmá­tico. No salió nunca al ex­terior y se formó desde es­tudiante siendo residente del Pina de San Cristóbal, pero era el asombro de su clase como cirujano y a la vez se reputaba como un in­ternista de gran nivel.

Voy a evocar de este últi­mo un episodio del final de su corta vida; adoleció de diabetes desde adolescente y sabía, según su autodiag­nóstico, que no viviría algo más de cuarenta años. En efecto, se nos fue a los ´4.

Mi esposa, que le debía gratitud por sus cuidados magníficos a los pequeños hijos, me dijo cuando viajá­bamos para entregarlo a la tierra: “Era un sabio, pero malgenioso, como todo dia­bético; ese será un entierro de poca asistencia”.

¿Cuál fue su sorpresa al llegar a la iglesia? Encon­trarse con la inmensa mul­titud que le lloraba. El pue­blo pobre acompañaba a su entrañable Dominguito y en su llanto se oían revela­ciones de sus servicios a ca­da familia. Ese era el gene­roso y secreto apóstol que nunca hizo alarde, ni dejó que se presintiera su enor­me dedicación en favor de los sumergidos.

En fin, cada pueblo te­nía sus hospitales públi­cos y sus médicos formi­dables, cuando no había necesidad de tarjetas. Bastaba la condición de enfermo, según dije.

Sé bien que resulto obli­gado por razones de espa­cio a omitir apellidos de médicos que fueron vene­rados por las comunidades de la República: Toribio, Lavandier, Espaillat, Morel, Capellán, Pichardo, Mos­coso, Goico, Pieter, y otros muchos que sirvieron a la salud del pueblo, algunos con énfasis de santos, pe­ro todos magníficos seres humanos que habría nece­sidad de escribir una enci­clopedia de la bondad para poder describir sus calladas jornadas de apoyo a las fa­milias en las desgracias de sus quebrantos. Kunhardt, para la región noroeste, fue un paradigma equiparable a Ovalle en todos los senti­dos. Eso parece que se ha perdido considerablemen­te como mística.

Luce que hay una des­humanización en parte del exigente y delicado servi­cio, pero son muchos los que nos quedan porque mucho es el poder de la ín­dole solidaria y compasiva del dominicano.

Al terminar estas cuarti­llas me llega un doloroso mensaje de la vida: acaba de morir la doctora Caroli­na De la Cruz y ahí es cuan­do me entero de su afán mesiánico de formar jóve­nes especialistas y de sus generosas manifestaciones de solidaridad con los ven­cidos en la enfermedad.

Otra versión de Domingo Ovalle parece ser el secreto de su apostolado, según lo que he podido saber a tra­vés de testimonios agrade­cidos.

Esto último es algo que me lleva a meditar en la posibilidad de que el cre­cimiento de las ciudades y sus luces e innovaciones desquiciantes puede estar generando la apariencia de deshumanización de nues­tra clase médica y es bue­no que los testimonios no se aplacen para después de las sensibles pérdidas de sus muertes. Lo que hay que hacer es trabajar en la recuperación de aquella mística del tiempo en que los pueblos eran pequeños.

En todo caso, me decla­ro convencido de que la ín­dole nuestra como pueblo es muy propicia para ejer­cer la solidaridad y la mi­sericordia. Lo que nos fal­ta es conciencia activa para la cohesión y entretejer los ánimos de servir como una manera de fortalecer el Ser nacional.

No hay, pues, motivos reales para dar por cancela­da la caridad. Son muchos los abnegados héroes anó­nimos que tenemos y lo que hay que hacer es afanarnos en identificarlos y glorifi­carlos en cuanto merecen. En estas horas difíciles de la patria estamos desespe­radamente necesitados de ejemplos y ese es un litoral que se presta para guiar e impulsar la nación hacia el optimismo consciente de que: “No todo está perdi­do”. Que lo que queda por hacer con la ayuda de Dios se hará, porque siempre he­mos contado con su gracia como pueblo.

Creer y cultivar las virtu­des y los méritos entre los muchos que ya se han ido es una manera maravillo­sa de alentar las superacio­nes, ahora más que nunca, cuando se nos puede volver a someter a una dura prue­ba de escarnio y ofensa a escala mundial, que talvez la pandemia impida que sea tan venenosa como lo fuera en el tiempo geopolí­tico de Obama.

El hecho es que debemos levantar el honor nacional en todos los frentes y ese de la salud y la abnegación exigible resulta verdadera­mente crucial para el res­peto. La salud de entonces, que no sea superada por la actual en base a tecnología, sino por la compasión.


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