Opinión

Los últimos testigos

Cuando los padres mueren se borra parte de nosotros; incluso momentos que tal vez desconocemos. Un padre, y sobre todo, una madre, poseen recuerdos que sólo ellos tienen, como un álbum de imágenes.

Preservar los recuerdos como parte de nuestra propia vida.

ARTURO PÉREZ REVERTESanto Domingo

Me telefonea un amigo, conver­samos y dice que hace una semana mu­rió su madre. No era, me cuen­ta, ni muy mayor ni demasiado joven, en esa edad en la que la vida nos sitúa ya en la franja de lo posible y lo probable. Charla­mos un rato sobre eso, y al col­gar el teléfono me quedo pen­sando en que hace sólo unos días otro querido amigo, al que conozco desde que íbamos jun­tos al colegio, me habló de lo mismo: también la suya aca­baba de morir; en este caso, fe­lizmente centenaria. Recuerdo ahora las conversaciones y pien­so en la mía, que tiene 96 años y hace tiempo se apaga como un pajarito cansado, lenta y dulce­mente. Vive lejos de mí, en otra ciudad, muy bien atendida por mis hermanas.

Tuvo una infancia perturba­da por viajes turbulentos y por la guerra, pero después encon­tró el amor, la paz y la felicidad, y creo que ha tenido una vida afortunada, envidiable. Mori­rá pronto, supongo, de muerte natural: esa bella expresión que hemos desterrado del vocabula­rio, ‘muerte natural’, porque la estupidez creciente en que vivi­mos se empeña ahora en negar toda naturalidad a un hecho tan lógico, sencillo e inevitable co­mo es la muerte.

Fui a visitar hace poco a mi madre y comprobé que la vida es generosa con ella hasta el fi­nal. Se extingue despacio y sin dolor, y la memoria también se le adormece entre las brumas del último ensueño. No recono­ció al sexagenario de barba cana que sentado a su lado le apreta­ba una mano. Lo miraba con atención y sonreía dulcemente al escuchar sus palabras. A ve­ces, un nombre, un lugar, una referencia, la palabra ‘mamá’, le hacían abrir un poco más los

ojos y asentir, como si un filo de mi pasado penetrase en los restos de su memoria. Es duro para un hijo que su madre no lo reconoz­ca, y de eso hablé con mi amigo de la infancia al telefonearnos el otro día. Cuando los padres olvi­dan o mueren, con ellos se borra parte de nosotros; incluso situa­ciones, escenas, momentos que tal vez desconocemos. Un padre, y sobre todo, una madre, poseen recuerdos que sólo ellos tienen, como un álbum de imágenes que guardan en el disco duro que les borrará la muerte: nosotros en la cuna, nuestras primeras pala­bras, pasos, miedos y pesadillas; nuestras primeras ilusiones o de­cepciones. Ellos fueron testigos únicos de aspectos de nuestra vi­da que tal vez nunca nos conta­ron. Los conservan en su recuer­do, el único lugar posible; y al morir se los llevan, perdiéndose en la nada. Con su muerte em­pezamos a morir nosotros; a des­aparecer lentamente del mundo por el que anduvimos, como una vieja foto que pierda los contor­nos. A ser más lo que somos y un día no seremos, y a ser menos lo que antaño fuimos.

No solemos darnos cuenta. Sin embargo, a cada momento, al­rededor, en nuestra propia fami­lia, desaparecen testigos de nues­tro mundo, el propio; y también de los mundos que no llegamos a conocer, pero de los que ellos fueron testigos. Medio siglo, un siglo de vida se esfuma llevándo­se con ellos el siglo anterior, el re­cuerdo de los padres y los abue­los que, a fin de cuentas, también es nuestro patrimonio y nuestra memoria. Dejarlos marchar sin extraerles la información es co­mo vaciar un desván sin estudiar los objetos, no siempre viejos e inútiles, que en él se amontonan. Y no se trata de un gesto senti­mental o romántico, sino de algo práctico; incluso necesario. Per­mitir que los últimos testigos se apaguen en silencio, dejarlos en­mudecer para siempre sin sacar­les antes todo el material posible para que sus recuerdos sobre el mundo en general, y sobre noso­tros mismos en particular, se sal­ven y permanezcan de algún mo­do es dejar morir también lo que nos explica, lo que nos narra. Lo que nos hizo y hasta aquí nos tra­jo. Y especialmente en tiempos confusos como éstos, resulta más peligroso que nunca resignarse a esa clase de orfandad. Permi­tir que un ser querido se vaya sin legarnos el tesoro de su memo­ria es ser doblemente huérfanos. Perderlo a él con una buena parte de nosotros mismos. Quedarnos más desorientados y más solos.

Inténtenlo, porque vale la pe­na. O eso creo. Ahora que aún es posible, siéntense junto a ellos y háganlos hablar, si pueden. Ten­gan la inteligencia, la astucia si es preciso, de que el nieto, el adoles­cente, la jovencita a quienes nada parece importar, se interesen por esa memoria familiar que pronto va a desvanecerse como humo en la brisa. Porque un día, tengo cer­teza de eso, ellos se alegrarán de haber escuchado. De conocer de dónde vienen y quiénes los hicie­ron posibles. De saber que los tes­tigos de su memoria no pasaron sin dejar huella por este lugar ex­traño, triste, bello, peligroso, fas­cinante, al que llamamos vida.